Lucrecia Martel. La ciénaga

Sesión 15. La piscina: nadar o hundirse. Cine de verano

Lucrecia Martel, La ciénaga, 2001, película

Lucrecia Martel, La ciénaga, 2001, película

Un par de familias pasa los días de verano en una casa de campo. La relación entre ellas deja ver una profunda crisis. El alcoholismo de Mecha (Graciela Borges) y Gregorio (Martín Adjemián) se hace evidente, afectando a la deriva en la educación de sus descendientes y su impacto en las relaciones de respeto y afecto. El hastío se denota en la propia dejadez del entorno. 

Lucrecia Martel aborda en La ciénaga la decadencia de una familia de clase media argentina. La pileta con el agua estancada y sucia es el reflejo del colapso económico y social de todo un país. Pero no solo es el reflejo de la crisis económica, también se convierte en un pozo oscuro que se va alimentando por el propio dolor de quienes habitan la casa. Antiguo espacio de alegrías, la piscina se transforma en el reflejo de la propia depresión de los adultos, cuya consecuencia es la apatía. Y los hijos, pero sobre todo las hijas, parecen ser las únicas personas despiertas en esta deriva. Exceptuando algún conato de inconsciencia, la juventud se moja en el agua de la lluvia o el río, agua que fluye, pero se cuida de acercarse demasiado a la piscina.

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Organiza

Museo Reina Sofía

Comisariado

Chema González, Dídac Humà y Alberto Moreno

Patrocina

Estrella Damm

Actividad accesible
Esta actividad cuenta con plazas para personas con movilidad reducida

Agenda

viernes 21 ago 2026 a las 22:00

Lucrecia Martel. La ciénaga 

Argentina, 2001, AD, color, sonido, versión original en español, 99’ 

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Lucrecia Martel, La ciénaga, 2001, película
Lucrecia Martel, La ciénaga, 2001, película
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La piscina: nadar o hundirse

Cine de verano

El Museo Reina Sofía dedica este año su ciclo de cine estival al imaginario existencial y simbólico de la piscina. El cine de verano celebra el acto de ver películas en comunidad en el jardín neoclásico del Edificio Sabatini, un oasis verde recién restaurado y habitado por esculturas de Dan Graham, Eduardo Chillida, Alejandra Riera y Alexander Calder, al que se suma la gran pantalla de cine como otra obra contemporánea más.  Un ciclo de acceso gratuito que transcurre durante todos los viernes y sábados de julio y agosto. 

Con el título La piscina: nadar o hundirse, el programa persigue desarrollar la ambigüedad existencial que caracteriza a la piscina a lo largo de la historia del cine en sus manifestaciones más diversas. La piscina permite explorar ideas próximas a la identidad misma del verano: el ocio, el tiempo libre, el hedonismo, el disfrute sensorial, el calor extremo o la sensualidad de los cuerpos. Pero también se asocia con el reverso de estas emociones, como la melancolía, la fugacidad del paso del tiempo o la búsqueda de aquello inalcanzable, ya sea el estatus social o el deseo irrealizable, y sus funestas consecuencias; así, no es de extrañar que la piscina, arquitectura del placer y del goce, sea también escenario del crimen y de hechos delictivos. En efecto, la piscina, aquella conquista de la clase media que rompe la solidez del jardín, es mucho más que un refugio de hedonismo estival: es un umbral simbólico entre la razón y el deseo. Bajo su superficie no solo hay agua controlada y un afán acuático para el relax, hay toda una geografía de los propios deseos en su lado más irrefrenable.  

El agua, sometida y transparente, actúa como un escaparate social que refleja la inocencia de la infancia, pero también los deseos más perturbadores de la madurez. Es el escenario teatral de la mirada ajena y la búsqueda del otro; también es el espejo de un falso sosiego bajo la imagen propia idealizada. El acto de sumergirse altera estas reglas: el ruido se apaga y la gravedad se suspende. Con el hundimiento regresa la metáfora de la introspección, a un espacio donde la mente retumba, se libera de estructuras externas y permite habitar la propia identidad. Ahí, muy adentro, asoma el abismo y la intriga. La piscina: nadar o hundirse, una invitación a gozar, o no.

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