¿Cómo suenan las vanguardias? Un mundo. Museo Aural #2a x Carne Cruda

¿Cómo suenan las vanguardias? Un mundo

Carne Cruda x Museo Aural #2a

03 feb 2025
26:06
Audioguías
Colección
Experimentación

Javier Gallego y Violeta Muñoz, periodistas al frente del programa de radio Carne Cruda, recorren la sala 205.06 del Museo Reina Sofía y algo llama su atención: un lienzo que refleja un matriarcado, que tiene una banda sonora original (BSO) propia y que invita a descubrir a la pintora Ángeles Santos.

Gracias al realismo mágico, este tándem radiofónico cae dentro del cuadro y emprende un viaje a través de las diferentes partes de la obra, dialoga con los personajes allí pintados y establece contacto con la propia autora que, a través de su testimonio real y de la voz de la actriz Marta Nieto, cuenta quién era y cómo vivió el movimiento artístico de las vanguardias desde Valladolid.

Museo Aural es un proyecto de recorridos sonoros que propone itinerarios por el Museo para realizarlos de manera autónoma con auriculares. A través de una escucha atenta y abierta al descubrimiento, estas propuestas buscan accionar nuevos modos de transitar y sentir el Museo, más allá de las lógicas informativas de las audioguías convencionales. Las piezas han sido comisariadas por los equipos de Educación y de la Radio del Museo Reina Sofía, junto a artistas y colectivos de la creación sonora contemporánea, la mediación cultural o la comunicación, cada propuesta busca un modo distinto de activar la atención a través de una escucha atenta y abierta al descubrimiento.

Recomendada la escucha con auriculares en la sala 205.6 del Edificio Sabatini (planta segunda). 

Participantes

Carne Cruda

es un programa de radio y pódcast crítico y ácido que aúna cultura innovadora, activismo social, política, actualidad, humor y música. Dirigido y presentado por Javier Gallego «Crudo» y Violeta Muñoz, se emite en directo y online de lunes a jueves a las 10:00 h y está disponible en todas las plataformas de audio en formato pódcast. Un programa que ha sido reconocido, entre otros, con el premio Ondas al mejor programa de la radio española en 2012.

Realización

Grabado por Carne Cruda en los estudios de La República Independiente de la Radio

Locución

Javier Gallego y Violeta Muñoz

Agradecimientos

Anna Capella y Josep Casamartina

Licencia
Creative Commons by-nc-nd 4.0
Citas de audio

FICHA TÉCNICA

Dirección: Javier Gallego 

Narración: Javier Gallego y Violeta Muñoz  

Guion y entrevistas: Ángela Sepúlveda 

Voces: Marta Nieto, Andrea Olea y el equipo de Carne Cruda. La voz original de Ángeles Santos pertenece a una entrevista del Archivo Quico Rivas de la Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía 

Banda sonora original, edición y diseño sonoro: Javi Álvarez 

Producción ejecutiva: Zeltia Tabeaio 

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¿Cómo suenan las vanguardias? Un mundo

Carne Cruda x Museo Aural #2a

—Violeta, no corras. ¿A qué tanta prisa?

—Es que tienes que verlo.

—¿El qué tengo que ver? ¿Dónde me llevas?

—A ver el mundo, Javier, a ver el mundo.

—Sí, aquí dentro está el mundo.

—Bueno, al menos Un mundo.

—Ajá.

—Que es como se llama este cuadro.

—¡Guau!

—¿Qué te parece?

—Pues sí que hay un mundo ahí dentro, sí.

—Es un cuadro que te atrapa, ¿verdad?

—Y tanto. ¿De quién es?

—De Ángeles Santos, una pintora española del siglo XX.

—Sí, ¿pero de qué periodo del siglo XX?

—Pues mira, vivió todo el siglo prácticamente, casi 102 añitos. De 1911 a 2013.

—¡Vaya!

—Pero esto lo pintó en el 29, cuando tenía solo 18 años.

—¡Venga ya! ¿En serio?

—¡Sí, sí! Entre los 16 y los 18 fue cuando pintó todos sus cuadros surrealistas. Luego tuvo una crisis, la internaron en un psiquiátrico y cuando salió… Bueno.

—¿Has visto esto?

—¡Esa estrella! ¡Ha parpadeado!

—¿Como va a parpadear?

—¡Ojo, otra vez!

—¿Cuál?

—¡Esta! Mira esta. ¡Esta que está parpadeando!

—Vale, no te acerques tanto que…

—¿Pero no lo ves? ¡No, nooooooo!

—¿Ves?

—¿Javier? 
—¿Violeta?

—Pero, ¿pero cómo lo has hecho? ¿Cómo has entrado en el cuadro?

—No lo sé… Yo solo he alargado la mano para enseñarte la estrella y lo siguiente ha sido verme aquí dentro.

—Vale, vamos a hacer una cosa: estira el brazo de vuelta, a ver si yo puedo sacarte.

—A ver, ¿así?

—¡Un poco más! ¡Un poco más!

—No puedo más.

—Si puedes, ¡inténtalo!

—¡De verdad que no! ¡Acércate tú, que yo no llego!

—Pero es que me da un poco de… ¿Miedo?

—Estupendo, ahora estamos los dos dentro. Así que un cuadro que atrapa, ¿eh?

—Ya te digo. ¿Y qué hacemos?

—Bueno, imagino que por aquí solo se puede entrar. Pero si hay una forma de entrar, tiene que haber una forma de salir.

—Claro, como es todo tan lógico.

—¿Por qué no les preguntamos a ellas?

—¿A quién?

—A las que están tocando.

—Bueno, es que son bastante…

—Javier… ¡Javier! ¡Javier! Espera.

—Disculpe, es que nosotros venimos del mundo de… De ahí fuera, del otro lado del cuadro. Sí, ya sé que suena raro, pero es que yo…

—Javier, Javier, baja la voz. Creo que están durmiendo a sus hijas.

—Son las madres de unos seres extraños que pensaba que habría en la Tierra. No me los inventé así, como en vez de esqueleto con unos alambres, figura que llevan sin ojos… y así. No sé yo como me inventé yo, no lo sé, es que no sé… Y luego las hijas de esos seres extraños y figuras luego que cogen los del Sol y encienden las estrellas, son como unos espíritus…

—¿La has oído? ¿Has oído esa voz?

—Claro.

—Pero es que ellas no han abierto la boca.

—De hecho, yo la he oído dentro de mi cabeza. Será una de ellas hablando… ¿por telepatía?

—¿Por qué no? Aquí todo es posible. Pero creo que no nos van a ayudar.

—No.

—¿Por qué no probamos con los seres de luz de la escalera?

—Vale, venga.

—Llevo la luz. Llevo la luz. Llevo la luz. Llevo la luz. Llevo la luz…

—¡Oiga, oiga! ¡Perdone! ¡Espere un momentito!

—No creo que se paren, van que vuelan.

—Tienen más prisa que el conejo de Alicia.

—¿Y a dónde irán?

—Pues a ver, yo diría que a prender sus varitas mágicas con la luz del Sol.

—Ajá. ¿Para?

—Ni idea.

—¡Disculpe, pare! ¡Pare, pare un segundo!

—¿Sí?

—¿Qué hacen ustedes? ¿Quiénes son?

—Vagos ángeles malvas que apagan las verdes estrellas mientras una cinta tranquila de suaves violetas abraza amorosa a la pálida tierra.

—Precioso, sí, el amanecer y eso, pero…

—Ahora si me disculpan, tengo que encender las estrellas para la próxima noche.

—¡No! ¡Espere! ¡Espere! ¡No!

—Lo que te decía, ¡más prisa que el conejo de Alicia!

—Bueno, y entonces leía poesía de Juan Ramón Jiménez. Y esa idea de los ángeles que… que cogen la luz del Sol es una poesía de él que dice «vagos ángeles malvas encienden las verdes estrellas».

—¿Has vuelto a oír la voz?

—Sí, sí.

—Creo que ya sé de dónde sale.

—¿De dónde?

—De Ángeles.

—¿De los ángeles malvas?

—No, no, Ángeles, la pintora.

—¿Crees que está aquí? ¿Dentro del cuadro?

—Bueno, este es su mundo. Sería bonito pensar que cuando murió fue aquí a dó nde se vino.

—Su espíritu.

—O lo que sea. ¿Subimos?

—¡Que remedio! Ese era el último ángel.

—A lo mejor encontramos la salida al final de la escalera.

(Música)

—¡Uf, no puedo más!

—Venga, que ya casi estamos. ¿Tienes unas gafas oscuras?

—Sí, ¿por?

—Porque no sé si voy a poder soportar este Sol tan de cerca.

—¡Oh! ¡Por fin!

—¡Oh!

—¡Que vértigo!

—Me temo que aquí no hay ninguna salida. Solo ese abismo.

—Ya, pero es bonito.

—Sí.

—Se ve el mundo entero. Mira esa playa. ¡Toma, toma las gafas!

—Gracias. Quién fuera, ¡eh!, uno de esos bañistas que están tumbados en la arena.

—¿Cuáles?

—Esos de ahí. Esos… ¿Dos?

—¡Guau! ¡Qué ahora somos nosotros! ¿Cómo lo has hecho?

—Yo no he hecho nada. Ha sido al ponerme las gafas.

—¡Ríete tú del país de las maravillas!

—El semicírculo que hace esa playa, si tú buscas fotos o imágenes de Portbou, es súper característico. Portbou, donde estaban los abuelos maternos, de donde era la madre de ella. Y allí eran una gente con poder adquisitivo importante, tenían una casa muy bonita, muy cerca del mar. Y para ella Portbou era, pues bueno, el cielo, el mar, la felicidad. O sea, volver a Portbou era ir al paraíso.

—Otra voz.

—Esto está lleno de fantasmas.

—¡Perdone, perdone! ¡Señor!

—¿Sí?

—¿Me devuelve la pelota?

—Claro, toma. ¿Cómo te llamas?

—Angelita.

—¡Qué bonito nombre! ¿Eres de aquí?

—Nací aquí, pero vivo en Valladolid. Mis abuelos y mi madre son de Portbou, así que venimos todos los veranos.

—¡Ah! ¡Pero eso son unos cuantos kilómetros!

—Sí. Estamos acostumbrados a viajar. Nos mudamos mucho por el trabajo de mi padre.

—Y cambiaba tanto de ciudad porque su padre era funcionario de aduanas. Y entonces a los altos funcionarios de aduanas no se les permitía estar más de cuatro o cinco años en cada lugar para que no se crearan relaciones de complicidad con los importadores, etcétera. Después estuvo en Huelva, estuvo en Valladolid una vez, después volvió a Valladolid, después estarían en San Sebastián, después en Canfranc, en Huesca, después en Figueras…

—¿Tú también lo has oído?

—¿El qué?

—No, nada, nada.

—¿Y qué sueles hacer por aquí, Angelita?

—Pues venir a la playa con las amigas, tomar el Sol, dar paseos con los abuelos por la orilla y dibujar.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dibujas?

—Lo que veo. A mi tía Marieta o a mis primos… No sé, lo que veo.

—Ella empieza en Sevilla, que claro, estuvo internada en Sevilla. Allí aprendió, bueno, ya tenía unas dotes naturales para el dibujo. Y copiando láminas ya destacó muchísimo. Una de las monjas la animó a seguir dibujando. Después en Valladolid, tuvo de profesor a un pintor de origen italiano que era Cellino Perotti, que daba clases a las chicas de buena familia. Y después el propio Francisco de Cossío recomendó a su padre que se dedicara a pintar, que era alguien con mucho talento y que valía la pena que se dedicara exclusivamente en este caso a pintar.

—¿Y la pintura? ¿Te gusta la pintura?

—Estoy aprendiendo. Doy clases.

—Qué interesante. Oye, una cosa, ¿tú nos pintarías a mi amiga y a mí en esta playa?

—¿Ahora?

—Bueno, ahora no, más adelante.

—¡Vale! ¿Me devuelves ya la pelota?

—Sí, claro. Toma.

—Gracias.

—Una última cosa, ¿tú sabrías cómo salir de aquí?

—¿De la playa?

—Bueno, no, del mundo. De este mundo.

—¡Claro, muy fácil! El mundo es redondo como esta pelota. Así que para salir de la pelota, solo tienes que darle una patada muy fuerte y saldrás volando.

—¿Cómo?

—¡Así!

(Música)

—Bueno, pues no hemos salido del mundo, pero hemos caído en el partido de fútbol.

—Bueno, escucha, a lo mejor las porterías son puertas de salida.

—Espera un momento, ya lo tengo. No es eso, no son las porterías.

—¡Violeta! ¿Dónde vas?

—Sígueme. Ven, ven.

—¡Pero Violeta!

—¡Hola! ¡Perdonad!

—¡Hola! ¿Qué tal?

—Eh… très bien, ¿y vosotros?

—Bien, bien, pero tenemos un problemilla. Estamos buscando la manera de salir de aquí y nos preguntamos si tú nos puedes llevar.

—Muy claro, ¿a dónde queréis ir?

—Pues al otro lado.

—¿Al otro lado?

—Sí, quiero decir, al otro lado del mundo.

—¡Bomba! ¡Esto es solo una avioneta! ¡No sé si podría ir tan lejos!

—Ya, ¿pero podrías volar por encima del borde de este lado del mundo a ver si hay una salida?

—Je ne comprend pas…

—No, nada… ¡Que queremos ver mundo! ¡Salir! Salir por ahí, ya sabes.

—¡Ah! Bien sûr, os puedo llevar a la ciudad, ¿c’est ça?

—¡Eso es! ¡Eso es!

—Les habla el piloto. Abróchense los cinturones. Es posible que hay turbulencias.

(Música)

—¡Ya sé quién es, Javier!

—¿Quién es quién?

—¡El piloto! Leí que había un francés que volaba por la zona a principios de siglo.

—¡Ah! ¿Y cómo supiste que teníamos que coger la avioneta?

—Lo dijo Angelita: «para salir de la pelota solo tienes que darle una patada muy fuerte y saldrás volando».

(Música)

—¡Adiós!

—¡Adiós! ¡Au revoir! ¡Buena suerte!

—Qué salao el francés, ¿eh?

—¿Dónde dirías que estamos?

—En Valladolid, seguro. La ciudad donde vivió la mayor parte de su juventud. Ese tiene que ser el Pisuerga.

—Claro, claro. ¡Oiga, conduzca con más cuidado! Ni que estuviéramos a finales de siglo.

—¡Eh! ¡Mira ahí!

—¿El qué?

—En el segundo piso, donde están esas tres chicas leyendo. ¡Yo he visto antes esa imagen!

—Ah, ¿sí? ¿Dónde?

—Aquí. O sea, ahí fuera, en el Museo. Es el otro cuadro que tiene el Reina Sofía de Ángeles Santo. ¿Subimos?

—¿Por qué no?

(Música)

—Adelante.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—Mi nombre es Javier y ella es Violeta.

—Encantada. Yo soy Ángeles.

—¿Ángeles Santos?

—Sí… ¿Nos conocemos?

—Bueno, nosotros a ti sí, por tus cuadros.

—¡Oh, vaya! Me halaga.

—Y no sé por qué, pero a mí esta habitación que hemos visto desde el exterior me recordaba a un cuadro tuyo.

—Sí, claro. La tertulia. Puede resultar un poco extraña que una joven como yo pintara lo que yo pintaba. Tan oscuro, tan desasosegante… Una atmósfera cerrada, tan angustiosa a veces.

—A mí me parecen geniales.

—Eso me dicen. Que sí soy un genio, pero yo nunca me lo he creído. Lorca, Cossío, Guillén, García Lesmes, Sinforiano Toro… Vienen a mi casa a ver los cuadros. Bueno, Federico se queda perplejo delante de ellos.

—No es para menos.

—«Parece un Picasso», me dijo.

—Es que en Valladolid había una peña de escritores en invierno que iban. Míster (inaudible), que era un inglés que pasaba los inviernos en Málaga y se acercaba a Valladolid. Se ve que era amigo de García Lorca y venían un mes o dos allí en invierno. Entonces, pues claro, se fijaron en mí, venían a casa a ver lo que yo pintaba. Les llama la atención el cuadro tan grande de Un mundo.

—¿Tú las voces también las oyes?

—Que… ¿qué voces?

—No, nada, nada.

—Yo la verdad es que prefiero no hablar de eso.

—Nada, perdona. Hablábamos del cuadro. He leído que es algo así como una versión femenina de La tertulia del Café Pombo de Gutiérrez Solana, donde todo eran hombres.

—Sí, sí, justo. Quería pintar mujeres jóvenes como yo. Bueno, mujeres que son libres cuando se juntan para leer, para fumar, para charlar, aunque estén encerradas.

—En la España gris de entonces.

—Bueno, entonces, no hace tanto, ¿no?

—Claro, claro. Quería decir la España de ese entonces.

—La pinté el año pasado, a la vez que Un mundo así. Los dos cuadros en apenas un mes.

Un mundo, sí, lo conocemos. Bueno, lo estamos conociendo.

—¡Ese cuadro se lo comió todo! Le pedí a mi padre que me comprara una tela para pintar. Le dije que quería pintar el mundo. Todo lo que había visto.

—Yo puse la tela en mi habitación, en la pared, clavada. Y tenía una escalerita como las de limpiar los cristales. Y yo me subía. Tiene tres metros el cuadro. Era surrealista sin darme cuenta. Yo hacía una vida solitaria. Me iba por las tardes de paseo por las calles de Valladolid. Y entraba en las iglesias… Por eso se me ocurrían esos cuadros. Y luego me iba a casa. Yo hacía una vida… Tenía una habitación con un piano y cuando me cansaba de pintar tocaba el piano.

(Música)

—¿Tocas el piano?

—Sí, ¿cómo lo sabes? No recuerdo habéroslo dicho.

—¡Bueno, sí! ¡Nos lo ha dicho Federico! Federico, como él también toca.

—¿Le conocéis?

—Bueno, ¿quién no conoce a Federico? ¿Es posible que lo haya visto en Un mundo caminando junto al teatro y la sala de exposiciones?

—Puede ser que lo haya pintado sin darme cuenta. A veces, es el inconsciente el que guía mi mano. Es como si pintara en sueños.

—Angelita es una perfecta representante de lo que sería el realismo mágico. El realismo mágico es un libro de Franz Roy que tuvo muchísima influencia en España y sobre todo en el Círculo de Madrid. Y después, claro, otra fuente de Angelita es el Museo Nacional de Escultura en Valladolid. O sea, toda esta parte más tremebunda viene de la iconografía católica. Es muy claro, ¿no Entonces, son todas estas mezclas de lo que ve ella, que lo capta inmediatamente y lo convierte en su propio mundo.

—¿Y cuántos cuadro pintaste en aquella época?

—Unos 40. Entonces solo vivía para pintar. No me acordaba ni de comer ni de descansar. Me aislé de todo y de todos. No vivía para mí. Pensé que que se podía vivir sin nadie y me sentía como si fuera un espíritu. Eso fue de los 16 a los 18. Fueron dos años frenéticos, muy difíciles.

—¿Por qué difíciles?

—Sufría al pintar. Muchas veces borraba mis propios cuadros o pintaba encima. Hice cuadros muy raros. Bueno… prefiero no hablar de eso, la verdad… Me pone un poco triste… Me recuerda…

—No llores, no llores, Ángeles.

—Perdón…

—Por favor, no queríamos hacerte llorar. ¡Ángeles! ¡Espera, Ángeles!

—Silencio.

—¡Perdón!

—¡Silencio!

—¿Pero dónde estamos ahora?

—En el cortejo fúnebre del cuadro.

—¿Y Ángeles?

—No sé si se ha unido a las plañideras. O quizás sea esta chica joven que están enterrando.

—No, ella intentó suicidarse, pero no lo consiguió. Ya te he dicho que vivió. Javier, no te acerques tanto a…

—¡Ah!

—Al agujero… ¿Javier?

—¡Entra! ¡Esto es como la madriguera del conejo!

—Vale, allá voy… ¡Ah!

(Música)

—¿Dónde estamos?

—En el lado oscuro.

—Esto parece el infierno del Bosco.

—O el de Dante. Su lápida estaba en el cementerio. A lo mejor aquella lectura influyó en estas imágenes.

—No me gusta nada.

—A mí tampoco.

—Esa pobre niña bajo el árbol.

—Oye, niña… ¿Cómo te llamas?

—Angelita.

—¿Y qué haces aquí?

—Le dio una patada tan fuerte a la pelota que salí del mundo. Me he perdido.

—Ángeles. ¿Eres tú?

—Sí, soy yo.

—¿Y dónde estamos ahora?

—En mi habitación del sanatorio para mujeres. ¿Qué haces aquí? Me trastorne un poco y mi padre me trajo para que descansara. Estaba nerviosa y solo me apetecía llorar. No sabía lo que quería.

—¿No querías pintar?

—Dejé de pintar porque no quería sentirme extraña. Me dije a mí misma que no pintaría estos cuadros tan horribles. Eso fue después de la carta que le envié a Ramón.

—¿A qué Ramón?

—Gómez de la Serna. Una de tantas… Bueno, seguro que las conserva. Yo las quemé todas. Le decía: «Esta tarde me marcho a un largo paseo. Me bañaré en un río con los vestidos puestos. Qué contenta estoy de dejar por fin el baño civilizado en bañeras blancas y después me iré por el campo, huyendo de que me quieran convertir en un animal casero.»

—Gómez de la Serna se enamora de Angelita, que además es una mujer muy guapa y le propone casarse. Y claro, le dice a su padre qué diría si se va con la Ramón Gómez de la Serna. El padre dice absolutamente no, es un hombre mucho mayor, de ninguna manera puede ser. Y Angelita, cuando le prohíbe irse con Gómez de la Serna, se escapa parece ser. Hay un intento de suicidio de Angelita. Se tira al Pisuerga y entonces, claro, el castigo es internarla en un psiquiátrico.

—¿Fue por Ramón por quien intentaste quitarte la vida?

—Fue porque me pesa el cuerpo y a veces se me cae la razón al suelo y se da un golpe.

—¿Fue quizá porque quisieron convertirte en un animal casero?

—Fue porque vivo en la sociedad del hombre y yo quería vivir en una sociedad de bestias, de plantas, de minerales, para llegar a saber las cosas más ocultas de los diferentes modos de vida.

—Lo que pasa es que cuando Gómez de la Serna se entera monta este artículo de esta genial pintora Angelita Santos internada en un psiquiátrico, hace un revuelo en Valladolid y la sacan del psiquiátrico. Pero Angelita sale asustada y un poco como un vegetal.

—Yo quería que mis cuadros despertasen emociones que no fueran falsas ni inútiles, que su superficie fuera la epidermis de mi esqueleto. Pero ya no pintaré. No miraré. No, no pintaré. No, ya no pintaré esos cuadros horribles. ¡Ya no pintaré esos cuadros horribles!

(Música)

—El padre le prohíbe la relación ya con todo el mundo de vanguardia. Ellos ya se han ido a San Sebastián en aquel momento, a Donosti. Será la vanguardia que la buscará ella, porque Angelita es como una heroína y un mito realmente. Y alguien muy importante en aquel momento.

—La gloria llegó cuando yo ya no quería pintar. Me dedicaron una sala entera en el Salón de Otoño de 1930, aunque algunos críticos me atacaron. Decían que la señorita no era para tanto, que copiaba los expresionistas, que era pintura patológica. Tenía 19 años, 19. Acababa de salir de este encierro.

—Toda la razón, pero… Ángeles, ¿a ti qué te hicieron?

—No me acuerdo. Prefiero no hablar de eso.

(Música)

—Solo recuerdo que durante mucho tiempo mi pintura viajaba por el mundo, pero el mundo ya no viajaba por mí. Y a vosotros? ¿os ha gustado viajar por mi mundo?

—Por supuesto.

—Muchísimo.

—Pero querréis volver al vuestro.

(Música)

—Al final, uno no puede vivir más que en su propio mundo.

—Pero puede inventar otros.

—¿Tú siempre has sabido que nosotros veníamos de ahí fuera?

—¿Quién creéis que hizo parpadear la estrella? Y ahora subir al tren, que os llevo de regreso.

—Y dime una cosa. Después, en todos los años que viviste, ¿no volviste a pintar?

—Después me fui a Barcelona en el 33, donde me casé con Emilio, Emilio Grau Sala, otro pintor que pintaba cuadros muy alegres. Entonces empecé a odiar los míos. Eran tan tristes. No quise saber nada más de ellos. Cuando volví a pintar cambié por completo. Grau Sala me cambió, cambió mi vida en todo.

—Y entonces era en Olot cuando conoce a Emilio Grau Sala, que es un hombre guapetón, un dandi, que ya hecho un tipo de pintura absolutamente galante, liviana, muy bonita. Y entonces sí que Angelita [lo] verá como su salvación. O sea, mirará la pintura de Grau Sala, no la copiara para nada, pero sí que cogiera esta esencia de un mundo feliz, digamos. Y a partir de que lo desarrollara toda la vida, ya todo lo demás quedará tapadísimo hasta el punto que ella misma llega a tapar, y también Grau Sala. Se dedican a tapar cuadros de lo que había sido un momento terrorífico, el momento de gloria, pero que a la vez era un momento terrorífico y que terminó muy mal.

—Luego nos separamos. Él en París, yo en España, con nuestro hijo Julián, que también es pintor. Pero volvimos a juntarnos después, 25 años después. Cosas de la vida. Y entonces me dediqué a los paisajes, quizá otra vez por influencia suya.

—La inspiración aquella ya se terminó, ya pintaba muy superficial. No sé, no tenía ideas. Si uno no ve nada, pues al final te agotas. Se agota la imaginación. En aquella época una mujer no podía tener libertad de nada.

—O quizá por no querer mirar hacia adentro. ¿Aunque sabéis una cosa? Siempre que viajaba en tren me asomaba a la ventana y me imaginaba qué estaría haciendo la gente en el interior de sus casas.

(Música)

—Si a esta chica la hubieran llevado a la Residencia de Estudiantes y hubiera compartido ambiente con otra gente, ni se hubiera sentido tan rara. Pero ella no se fue a estudiar a una buena academia de pintura y a convivir con otras mujeres artistas y valientes y rompedoras que había en esa época también, que eran pocas, por supuesto, pero es igual. Le hubiera ayudado a vivir su paranoia, estado mental o lo que sea, de una forma mucho más entendedora para ella misma, para el contexto, que no como acaba pasando, como una rareza, una extrañeza y una cosa rara que hay que erradicar.

(Música)

—Ya hemos llegado.

—¿Y cómo salimos?

—Por el ascensor.

—¿Qué ascensor?

—¿El del Museo?

—El que tenéis dentro. Repetid estas palabras mías que han sido siempre mi amuleto: mi alma será un rascacielos.

—Mi alma será un rascacielos.

—Con un enorme ascensor en el centro.

—Con un enorme ascensor en el centro.

—Y sabré llenar ese edificio y hacerlo vivir.

—Y sabré llenar ese edificio y hacerlo vivir.

—Y yo seré.

—Y yo seré.

—Mi mundo.

—Mi mundo.

—Planta baja. Tu mundo. Un mundo.