Escuela Perturbable
— Estoy en la oficina y voy a salir. Voy a ir al aula de Luis Camnitzer, cruzando el Museo.
— Los juncos tapen mi cuerpo, mis pies, mi cara, que nadie vigile que escucho en silencio el agua de los ríos que me hablan.
— Me levanto de la silla, me dirijo a la puerta de madera y la empujo.
— Notas, documentos y testimonios de la Escuela Perturbable.
— Escuchar en la escuela implica quedarse sordo, desoír las retóricas y los lenguajes descarnados que permanentemente denuncian para no decir nada. Sordos para ser indiferentes al ambiente derruido...
— Lo clandestino, la escucha y la escuela.
— Sordos en la escuela para escucharla mejor.
— En la Escuela de la escucha, escuchando, me he enterado de que no soy lo uno sino lo otro. Y la verdad es que me parece fenomenal, porque quién quiere ser lo uno pudiendo ser todo lo demás.
— Escuchar la escuela, entonces, para evitarla de otro modo, no para interpretarla o intervenirla, escucharla para experimentarla.
— Estoy en el edificio nuevo; en el Edificio Nouvel. Tengo que cruzar...
— El sonido de las piedras, al rozarse con el agua, son besos de tarde y luna, y besos de madrugada.
— Abro el ascensor y entro en el ascensor. Subo dos plantas y salgo al exterior, y me dispongo a cruzar las terrazas. Atravieso una puerta de cristal que me permite entrar en el Edificio Sabatini.
— Ahora quiero que escuchéis lo que voy a leer. Imagina que acudes a tu nuevo lugar de trabajo. Te desplazas allí cada día, durante treinta días. Formas parte de la exposición. De hecho, eres lo que se expone. Podrás ver que lo que haces es parte de la exposición. Quienes activáis esta exposición lo hacéis durante jornadas de cinco horas, que funcionan por turnos. Pero, por el motivo que sea has decidido que tu jornada sea de diez horas en lugar de cinco, y así lo has acordado con los organizadores.
— El cuerpo de la mediación.
— Accedo a la entrada principal de la exposición de Luis Camnitzer.
— El espacio que la rodea.
— El dispositivo y las relaciones invisibles en torno a la mediación.
— Comienzo a travesar las salas de la exposición.
— Sabes que tu experiencia es doblemente intensa, y observas como ese crecimiento laboral se convierte poco a poco, día a día, jornada a jornada, en un ritual de transformación.
— Y ya llego al aula de Luis Camnitzer.
— Y es entonces cuando te preguntas cómo sería que un grupo de personas se comprometiera a formar parte de una situación durante varias horas. Y cómo podría formularse tal propuesta, de manera que el público no acudiera allí en calidad de público. Es decir, no se fuera allí para ver algo o alguien hacer algo, sino para tomar posición, ser parte y, aunque las experiencias individuales fuesen distintas, se pudiera dar un compromiso colectivo de permanencia.
— Un día me dijo alguien que los ríos nunca hablan, que solo siguen su curso, y sin palabras se escapan.
— Hacia un código de buenas prácticas en mediación cultural.
— Cuestionar la vocación de servicio.
— Posicionar los cuerpos desde la incomodidad a posicionarse con una actitud un poco más potente, visible..
— Ese día coincidimos en que tanto las instituciones como las extituciones bien podrían ser como una aplicación de citas, ya que una de sus principales tareas era crear lazos de unión afectivos entre realidades sociales y los procesos burocráticos.
— Una institución amable.
— Qué triste pasé aquel día al escuchar sus palabras. Me fui corriendo hacia el río para que él me explicara. Por qué yo le oigo tan claro y otros no le oyen nada.
— El museo como plaza pública.
— Los mediadores son bacterias o esporas. Bacterias que se reproducen asexualmente. Perturbador es ser curioso. Comunicar es la potencia para crear. Perturbador es aceptar memoria genética. Ser menos estúpidos o ser menos estúpidas. Nacer con pensamiento crítico inherente. Perturbar es no tener miedo a no encontrar...
— Para mí, la principal virtualidad de la Escuela Perturbable ha sido el hecho de que ha funcionado a modo de cadáver exquisito de experiencias pedagógicas y al mismo tiempo como una experiencia pedagógica esencial en sí misma.
— Una Escuela Perturbable funciona como reacciones químicas entre todos los ingredientes que constituyen la comunidad.
— Autogestión.
— Una escuela perturbadora cocina con los ojos cerrados y deja trabajar a otros sentidos. La estructura del desarrollo son no lineales.
— Horizontalidad.
— Crece en todas direcciones, dando lugar a otros centros. Los mediadores funcionan como núcleos. Y así, este manifiesto, sociedad e intenciones, caducan en el 2019.
— Colectividad.
— Consumir preferiblemente en acciones colaborativas, mantener en un lugar cálido y público al alcance de las personas.
— Supone un desacuerdo hacer un manifiesto dentro de una institución tan blanca como esta.
— La Escuela Masturbadora consiste principalmente en hacer de una individualidad compartida, de ser individuos conviviendo.
— La Institución al servicio de la ciudadanía.
— Una frase toral de esta escuela es que el placer es de quien lo trabaja o de quien se atreve.
— Autoaprendizaje.
— Y, en ella, imaginamos todos los placeres posibles. Cada cuerpo es una escuela en sí misma. No hay una oficina central.
— Subvertir culturas dominantes.
— ¿Qué quiero aprender?
— En esta escuela se practica más la fiesta que la competencia. De hecho, es solamente la fiesta y no la competencia. También se reivindica el calor...
— Y se lleva a cabo en piscinas, en una cocina, en saunas, en una pista de baile o en cualquier lugar donde se pueda satisfacer algún antojo.
— Qué quiero enseñar.
— En esta escuela nadie enseña. Todos y todas autoaprendemos. Esta escuela es la escuela del placer y no la del complacer.
— ¿Qué ha sido para mí la Escuela Perturbable? Ha sido una oportunidad de generar tejido y compartir experiencias a partir de la mediación. Ha sido un grupo de ayuda, ha sido un confesionario, ha sido un café de después.
— Mis primeras experiencias masturbatorias ocurrieron cuando estudiaba en el Instituto Nacional. El Instituto Nacional, conocido a veces debido a su código como liceo/acero, es la institución educacional de pregrado más antigua y prestigiosa de Chile.
— La imagen de Salvador Allende retratado, pintado al óleo sobre tela, colgado en el pasillo que conducía a la oficina del rector del Instituto Nacional. Esa misma imagen, el encuadre que representa el primer plano de su rostro...
— El audio es del vídeo Ideología del artista Felipe Rivas San Martín. En el vídeo el artista se masturba ante una imagen de Salvador Allende al mismo tiempo que vemos imágenes explícitas de pornografía homosexual y otras imágenes del archivo histórico previo al golpe de estado en Chile.
— Trabajar como cuerpo bomba es la posibilidad de tomar, dentro de los espacios que han sido construidos de ese par con la supremacía blanca.
— El arte como educación. La educación como arte. Qué supone ver un video como este en las aulas, y hacerlo en el Museo. Qué pone en tela de juicio. Sobre la censura y la autocensura, sobre el silenciamiento y la violencia.
— Un aula es un microespacio pedagógico en el que se reproducen desigualdades que son de clase, son de género y son de raza y son de edad y tienen una matriz colonial.
— Un cancho es la escena más costosa de un filme porno. Un cancho sobre la foto de Allende no será nada fácil de conseguir.
— La provocación se desarrolla a partir de ciertas herramientas que han venido posicionándose a partir de un contexto de desestabilización, tanto en la historia del arte como en el mundo del arte contemporáneo.
— ¿Qué problemáticas? ¿Qué aspectos interesan? ¿Cómo los cuerpos reaccionan?
— La propia noción de cuerpo ya trae consigo una norma, por como tendemos a escuchar la palabra cuerpo. Tendemos a escuchar un cuerpo solitario. Tendemos a escuchar un cuerpo delimitado, con su dentro y su fuera, y tendemos a escuchar un cuerpo humano. Hay como cierto excepcionalismo de lo humano, que también pasa por ese patrón y por esas normas.
— Hola, me llamo María, y para relajarme levanto los hombros todo lo que puedo, los mantengo unos segundos y después relajo el cuerpo.
— Hola, soy Cris, a mí me relaja cerrar los ojos y que me acaricien las sienes. Y también me relaja cerrar los ojos y masajear las sienes de otras. Si queréis, podemos probar a hacerlo por parejas.
— El primer día que nos encontramos en la sala del Reina Sofía pensé que lo más complicado, y el reto al que nos íbamos a enfrentar, sería construir un espacio, un lugar en el que nos sintiésemos cómodas para poder debatir y compartir ideas.
— Con el tiempo, con un trabajo en el campo de la educación, mediación arte, hemos hecho conciencia de la importancia de los cuerpos en el espacio. Es por eso que nos gustó usar diversas estrategias o dispositivos para entrar en calor.
— Haber participado en las reuniones del grupo 480 + 20 ha sido una ocasión única para compartir experiencias sobre educación artística en entornos universitarios. Hemos conocido proyectos que han nacido dentro de la institución de la universidad pública, y que han sabido quebrar inercias, reventar marcos rígidos y subvertir normas. También hemos podido analizar y discutir ensayos que han nacido fuera de la academia y que vemos posible que contaminen nuestras prácticas.
— En fin, que me han quedado muchas ganas de seguir perturbándome.
— Las teorías que ponemos en práctica en las aulas se producen a través de una separación entre el cuerpo y el conocimiento. En ese sentido, creo que es interesante volver a una pregunta que a lo mejor nos conduce a ciertos lugares del pensamiento sobre qué significa poner el cuerpo en el aula.
— Nuestros ejercicios de calentamiento y estiramiento de nosotros no solo van dirigidos a activar nuestros cuerpos desde una perspectiva física. Más allá de nuestra corporalidad, la mente también necesita calentar, estirar y estimularse antes de trabajar.
— Para mí ha sido un lugar en el que compartir de una forma, a ratos precipitada, a ratos preocupada o más tranquila y sosegada, pero siempre estimulante y muchas veces feliz, muchas de las cosas que nos preocupan de la Facultad
— 480 + 20, como parte de la Escuela Perturbable, fue una oportunidad de crear grupo, de aprender colectivamente, de pensar en la educación del arte desde la alegría por estar juntas.
— Para mí ha sido un medio donde buscar huecos dentro de la docencia universitaria, que creo que con el tiempo podrían permitir metodologías orientadas a otros modos de hacer y pensar.
— La expectativa de algo cálido, interesante, motivador... Efectivamente fueron unos meses intensos. Empezar la semana en una sala del Reina con turistas mirándonos mientras debatíamos, discutíamos, nos escuchábamos y nos dábamos cuenta de que siempre se sigue aprendiendo a aprender.
— La huella que hemos dejado las últimas generaciones en el mundo viene determinada por la basura. Cuánta basura hay en nuestras escuelas y cuáles son sus componentes. Para mí esta es la pregunta. En ese sentido, la Escuela Perturbable ha supuesto un intento sincero de encontrar, junto con mis compañeros, algunas respuestas.
— Los ríos hablan.
Relatoría Cap 0
Quiero comenzar por contarte, o por confesarte, que estoy nerviosa. Y, estoy nerviosa precisamente porque tú me escuchas.
Relatoría, en su única acepción, significa empleo u oficina del relator. Este término procede de sustantivo latino relator y del sufijo ia, que indica empleo, cargo o lugar en donde se desempeña la función, en este caso la de relatar.
La etimología del verbo relatar, cuyo origen, a su vez, se encuentra en la forma supina del verbo reggere, esto es, el relatum, nos dice que relatar es volver "a", del prefijo "re", y "lat": llevar unos hechos al conocimiento de alguien.
Relatar, entonces, en cierto modo, equivale a narrar algo que ha sucedido, describiéndolo desde la experiencia vivida o, también, de forma vivida, desde la ficción y criterios estéticos más sutiles.
El relator, en este caso la relatora, que soy yo, es por tanto la gente al que le han confiado esta acción y que lleva a cabo esta tarea.
Mi papel, entonces, en la Escuela Perturbable, ha sido fundamentalmente el de escuchar y observar, anotar e, inevitablemente, participar de un proceso que, para vivirlo, muchas veces, me ha hecho involucrarme en él. Lo que en cierto modo habla ya de lo que ha sido la Escuela Perturbable; un proceso que voy a resumir como de pensamiento e inteligencia colectivos, donde sin diluirse los nombres propios se han generado conversaciones comunes. Un proceso que a su vez ha buscado desafiar constantemente lo normativo y lo estandarizado, lo que, con relación al arte y la educación, binomio que abordó la Escuela Perturbable, ha supuesto desafiar a la Institución, desafiar también al artista y a su obra, y también identificar las debilidades del sistema o de los sistemas del arte y la educación y las fortalezas de quienes lo integran. Este ha sido un punto importante: las fortalezas de quiénes lo integran. Pero también su debilitamiento.
Y, es que, si algo se ha puesto también de manifiesto en la Escuela Perturbable, una y otra vez, es el cansancio. Un cansancio, que tú, que me escuchas, seguro que reconoces, ese en el que estamos todas las personas unidas y desde el que trabajamos y producimos. Un cansancio que en buena medida se vincula a las formas en las que los espacios y los sistemas nos empujan a actuar, y que en la Escuela Perturbable se ha combatido, en muchos casos desde los afectos, pero también moviendo y utilizando nuestros cuerpos de otras maneras: saltando, hablando por megáfonos, tumbándonos en el Museo o, por qué no, corriendo por él, un gesto tan simple y a priori tan inofensivo, que puede, sin embargo, hacer saltar las alarmas de un entorno de vigilancia, como de hecho sucedió en el Museo
Un movimiento que nos ha permitido pensar y relacionarnos desde otras experiencias. Y, es que, aunque en ocasiones el agotamiento se ha acrecentado en la Escuela Perturbable, en su conjunto, este se ha visto minorado por unos gestos tan simples y tan complejos al mismo tiempo como son el de escuchar y el dedicar tiempo a pensar conjuntamente.
Siendo el tiempo y la escucha, pero también el cuerpo y el espacio, vectores decisivos en la Escuela Perturbable, la primera pregunta es, cómo y desde dónde relatar esta experiencia y cómo hacerlo con el medio sonoro.
Cómo resumir un proceso de cuatro meses que tuvo lugar en una sala de la exposición Hospicio de utopías fallidas, de Luis Camnitzer.
Donde participaron en torno a sesenta personas, que dispuestas a abordar la confluencia del arte y la educación, se organizaron en tres contextos diferentes.
Tres: el del Museo, el de la Universidad y el de la Escuela. Tres grupos de trabajo a los que adicionalmente se invitó a cerca de veinticinco personas, que compartieron su trabajo en los campos del arte y la educación para generar conversación a partir de ellos.
Una experiencia que si cuantificamos en horas devolverá un número aproximado de noventa. Si lo hacemos en sesiones serán cuarenta y cinco. Y, que, si multiplicamos por las sesenta personas que participaron y las veinticinco invitadas, a los tres agentes y colectivos que estuvieron durante dos meses en residencia en la Escuela Perturbable empieza a devolver cantidades que sin saber a qué responden nos dan una idea de cómo se puede cuantificar esta experiencia, en otros términos.
Un corazón humano late a una media de ochenta pulsaciones por minuto.
Este podría ser mi latido, o quizá el tuyo, pero somos, al menos, dos, y aquí solo suena uno. Ni el silencio ficticio de la noche o el de un paraje solitario y en calma me dejaría escucharte así, en la distancia.
Aunque realmente suenas fuerte en mi cabeza, tu presencia es ineludible para mí. Entonces me hago consciente de nuevo de que no es posible, y tampoco es el objetivo relatarte todo, pues mi voz no puede suplir el encuentro físico en el aula de la obra de Luis Camnitzer que nos reunía en la Escuela Perturbable, por lo que voy a situarme en el plano de la escucha. Al fin y al cabo, hemos establecido ya este vínculo hace cinco minutos. Mi voz suena y tú la escuchas. Y, entre medias, se está construyendo algo que sí puede asemejarse a uno de los aspectos más sobresalientes de la Escuela Perturbable, siempre y cuando, después, tú quisieras hablar de ello con alguien. Porque la Escuela Perturbable fue una conversación donde la centralidad de la escucha se tornó en un proceso clave para trabajar en colectividad sin dar la espalda al conflicto. Esta es la tesis central de Susan Bickford en su ensayo The Dissonance of Democracy: Listening, Conflict, and Citizenship, y la podemos recuperar aquí porque cobra todo su sentido si pensamos en la Escuela Perturbable, donde, en cierto modo, la atención auditiva que ella reivindica sucedió como una suerte de privilegio.
Practicar la comunicación como un ejercicio de escucha política fue un aspecto clave en la Escuela Perturbable. Ello implicó involucrarse, tanto en el hablar como en el escuchar. Y, esto no es baladí ni tampoco fácil.
Esta interacción, como ya adelantaba Bickford, hace aparecer conflictos. Y, es que, inevitablemente, cuando hablas no puedes controlar como será la escucha al otro lado. Las palabras pueden interpretarse de formas distintas. Los acentos, las formas de hablar, la cadencia de la voz y quién habla, los tonos y los términos empleados, las formas de discurrir en el habla, el cuerpo en la conversación, todo puede llevar a las disonancias y, sin embargo, la escucha permite la acción conjunta.
Lo que en definitiva me lleva a pensar en un cuerpo colectivo atento y activo en la Escuela Perturbable a través de ella. Basta volver a Jean-Luc Nancy, quien atribuye la escucha el permitir el intercambio de un interior y un exterior, la reciprocidad de la división en la participación y la compensación de la desconexión y el contagio para concluir que esta actitud de escucha en la Escuela Perturbable hizo pensar el binomio del arte y la educación como un modelo de convivencia más diverso, crítico, plural y acogedor. Algo que, sin lugar a duda, necesitamos.