Radio Sicalipsis. Punto intermedio entre lo moral, artístico y el desenfado sin arte. Sin ser lo primero en absoluto y no llegar al desprecio de aquellos con gusto estragado
Radio Sicalipsis. Un equilibrio inverosímil
En este programa…
Lodos de Lujuria. Juarros contra los sicalípticos
—Gloria G. Durán: Bienvenidos a un combate, a un combate muy especial entre el doctor Juarros —que viene traído a este programa de Radio Sicalipsis por el doctor Munyón, mi querido amigo Antonio— y La Novela de Hoy y toda «la pandilla de indeseables» —que llamaban así a todos los escritores que publicaron en La Novela de Hoy—. Esto va a ser un combate, pero vamos por partes. Lo primero, presentar a Antonio, a quien tuve el gusto de conocer cuando presenté el libro Sicalípticas: el gran libro del cuplé y la sicalipsis, mi libro de [Editorial] La Felguera que presentamos en la librería Grant, de los bajos fondos de Madrid —como dicen en estas novelas—, o sea, en Lavapiés en la calle Miguel Servet.
Allí vino un señor, bueno, un jovenzuelo, y se presentó como el doctor Munyón. De hecho, así aparece en las redes. Experto en espiritismo, hipnotismo y sobre todo en Lucenay, el que hablaba de la obscenidad ilustrada. O sea, el gran falso doctor de este país que se dedicó a publicar sobre todos los vicios humanos, trastornos y todo tipo de supuestos desvaríos de la normalidad.
Luego, conociendo esta sapiencia suya, le pedí ayuda para mi artículo de La Farmacia: Refugium Peccatorum para la exposición del Museo Reina Sofía —de esta casa— de Esperpento. Y bueno, lo mejor es que te presentes tú, Antonio.
—Doctor Munyón: Muchísimas gracias, Gloria. Es maravilloso poder estar aquí en Radio Sicalipsis contigo. Yo la única manera de poder estar aquí, con el mismo atrevimiento con el que me acerqué la primera vez, es venir con alguien; y te voy a traer al doctor César Juarros. Yo soy médico de familia en Malasaña, el barrio de Madrid, en la calle de La Palma, lo que antes fue, además, Las Noches del Cuplé. Y yo, que soy médico de tarde, al final sí que tengo necesidades nocturnas. Entonces, algo fue creando al doctor Munyón; y el doctor Munyón se nutre de todo lo que tú me has dicho. Es decir, esoterismo, espiritismo, hipnotismo y, por supuesto, ya todo el mundo de la lujuria, lo oculto; y creo que era una ocasión para poder presentarte a alguien que puede estar a la altura, incluso, de Lucenay.
—Gloria G. Durán: Es verdad que la sede de la consulta de Atención Primaria del barrio… Lo que Carrere llamaba el barrio latino-madrileño, que es Malasaña hoy en día, que entonces cuando se escribieron todos los textos que vamos a transitar hoy era el barrio que se llamaba Universidad.
—Doctor Munyón: Universidad, Maravillas…
—Gloria G. Durán: El barrio entre Universidad y Maravillas, que es lo que es ahora Malasaña. Pero claro, allí estaba, que es lo que también nos acercó bastante, Las Noches del Cuplé, que era el local de Olga Ramos donde se cantaba cuplé todas las noches. Y, de hecho, en tu consulta hay un cartelito.
—Doctor Munyón: Tengo el cartel con la misma dirección —el teléfono ya no es el mismo— y con un autógrafo de doña Olga, que yo lo tengo totalmente dispuesto para el público, y es un gozo ver cómo las personas que iban a sus espectáculos ahora mismo son mis pacientes y todas esas historias, toda esa convivencia… Yo cuando salgo de noche con todo esto, yo tengo que hacer algo con todo el espíritu que hay metido en esa consulta.
—Gloria G. Durán: Es verdad, porque muchas veces me dices como: «El espíritu, aquí, del cuplé está rondando la consulta de Atención Primaria del barrio de Malasaña».
—Doctor Munyón: Hay algo. Yo salgo muy perturbado y tengo que aplicarlo aquí. Es decir, este venir a Radio Sicalipsis es necesario para poder exorcizar todo lo que yo tengo ahí dentro.
—Gloria G. Durán: Claro, pero de todo el lío…, de tanto material compartido, nos hemos quedado con César Juarroz, Juarròs, Juarros… ¿Cómo se dice?
—Doctor Munyón: Juarros, César Juarros.
—Gloria G. Durán: Como guarro…
—Doctor Munyón: Es juarrísimo, además.
—Gloria G. Durán: Es juarrísimo…
—Doctor Munyón: Y sí, vas a ver…
—Gloria G. Durán: Sí, sí… Y entonces este señor, ¿cómo lo descubriste? Porque, aunque tenía una presencia pública megaubicua al principio, en toda la Edad de Plata era muy muy conocido, no tenemos… Vamos, se le conoce muy poco.
—Doctor Munyón: Ahora mismo no hay un hospital César Juarros, como hay un hospital Gregorio Marañón, pero César Juarros en su momento fue una celebridad absoluta tanto a nivel médico como en la cultura. César Juarros es que da para hacer un listado con todas las actividades que llegó a hacer.
—Gloria G. Durán: ¡Lo que llegó a hacer este señoro!
[Suena de fondo Pasodoble en Agua, azucarillos y aguardiente de Federico Chueca (ca. 1907)]
—Doctor Munyón: César Juarros, que nació en Madrid en 1879, fue médico militar, psiquiatra, miembro de la Real Academia de Medicina, creador de los servicios de psiquiatría militar, profesor de Psiquiatría de la Academia de Sanidad Militar, jefe de servicio de Neurología del Hospital Militar de Madrid, profesor de Psiquiatría Forense durante quince cursos consecutivos en el Instituto Español Criminológico, director de la Escuela Central de Anormales, director de la Liga Española para la Reforma Sexual, diputado de la República de 1931 a 1933, presidente de la Federación Española de Gimnasia, fundador de la Asociación de Médicos, Escritores y Artistas, miembro de la Sociedad Española de Abolicionismo de la Prostitución y, por lo que a mí me interesa el poder traerlo aquí, uno de los gran defensores de la Edad de Plata de la psicoanálisis —porque Juarros habla de la psicoanálisis — y cómo todo ello se plasmó en artículos, en libros, en conferencias…, una persona absolutamente ubicua en la Edad de Plata española.
[Sale música]
—Gloria G. Durán: Sí, de hecho, cuando nos cruzamos a Ramón Mayrata —¿te acuerdas?— en la calle Magdalena nos dijo: «Si ese fue profesor de mi padre, que iban al Psiquiátrico de Ciempozuelos, donde estaban los locos, e iban a dar las clases de Psiquiatría a finales de los años veinte, primeros treinta».
—Doctor Munyón: Y, además, le pregunté también cuando me lo contaste. Cuando iban los alumnos de Derecho, él tenía los pacientes —que además era una clínica que tenía un componente militar— y, contando con un reloj, él decía exactamente en qué momento el paciente iba a empezar a alegrar. Es decir, tenía un don para el espectáculo, un don para contar…
—Gloria G. Durán: Era como el [Jean-Martin] Charcot patrio, le faltó alguien que hiciera fotos.
—Doctor Munyón: De alguna manera, un hombre con este potencial tenía que meterse en terrenos ajenos, como podía ser…
—Gloria G. Durán: La literatura. De hecho, claro, tenemos como el contraste… Que yo te quiero leer como como se presenta él, como quiere meterse en la literatura. Resulta fascinante que un señoro campanudo, como dices tú, que está en todas partes, tenga la obsesión por aparecer como escritor. Y claro, lo buscamos en La novela de un literato, en el tercer volumen de Rafael Cansinos Assens. Él solo se refiere a él como «médico de»: médico de Villaespesa; como, digamos, inspirador de otros escritores cuando quiere meterse en estas derivas de la mente humana; pero no le valora en ningún momento como el escritor.
Pero el mismo César dice así en La sexualidad encadenada. Ejemplos y consejos:
«Escribiendo estas páginas pretendí proporcionar a los insatisfechos un filón de alivios.
Sobre la literatura, propósito de ofrecer antídotos.
Conozco por dura experiencia profesional, cuantos hombres y mujeres permanecen al margen de las dichas sexuales. El hábito de oír confidencias sombrías donde la sana ilusión chapotea de lodos de lujuria febril, me capacita para trocar la repugnancia en comprensión, para tejer con mimbres de cloaca palios de ternura. Intencionadamente sacrifiqué los efectismos de la intención de evitar un ambiente de seca frialdad. Mi esfuerzo púsose al servicio de un empeño: embellecer claudicaciones viscerales. Tuve por afán descubrir facetas dramáticas en las rutas hediondas.»
—Doctor Munyón: Y esas rutas hediondas…, ese acercarse a la literatura del momento choca un poco con esa cierta falsa humildad al relacionarse con literatos, estrellas de la época. En un cruce de artículos de 1926 con Emilio Carrere, a cuenta de un artículo de Carrere sobre el trato a los internos locos en una celda especial de la cárcel…
—Gloria G. Durán: Sí, que una de las obsesiones de Carrere era la justicia y, en ese artículo, él más o menos dice que es tremendamente injusto cómo tienen a los locos, que los tenían —vamos, a la gente con algún tipo de trastorno mental la tenían, que se concebía como trastorno mental, que vete tú a saber los pobres—, estaban en la cárcel.
—Doctor Munyón: Juarros prácticamente aprovecha esa oportunidad para escribir directamente a Carrere, al diario La Libertad, con una admiración, con un dedicado al poeta... Juarros habla de él en tercera persona —el doctor Juarros—, de cómo los tratos que se les da a esas personas están pensados, estructurados, y prácticamente lanza la oportunidad para que Carrere pueda contestarle. Pero Carrere no le contesta. De hecho, a Carrere…
—Gloria G. Durán: Le importa un pepino.
—Doctor Munyón: … le importa un pepino. Escribe un nuevo artículo que aprovecha el pobre Juarros para ir detrás a decir —muy dolido— que no sabe si no lo ha leído o que le está ignorando —ya no habla de él en tercera persona—, pero sí se nota que hay ahí una ganas de Juarros de introducirse en el mundo de la cultura que, por mucha superioridad moral de la que él haga gala, se nota un nivel de inseguridad…
—Gloria G. Durán: Sí, como que los escritores no le hacían ni caso. De hecho, es curioso porque en La Novela de Hoy, en el elenco de escritores que escriben en esta colección, no aparece Juarros en ninguna. De hecho, yo no sabía quién era y yo estoy coleccionando La Novela de Hoy. Que, para quien no sepa qué es La Novela de Hoy, pues era una colección de literatura popular, muy muy popular, como su propio nombre indica, que se vendía muchísimo y que fue publicada, o sea, editada, por Artemio Precioso primero y luego por Sáinz Rodríguez dos años, al final, entre 1922 y 1932. Era en un formato muy pequeño. Cabían en la mano, digamos como un cuarto de DIN A4 —que yo no sé si esto ya sería DIN A6 pongamos, puede ser que sea DIN A6—, y siempre combinaba unas bellísimas ilustraciones con las plumas más renombradas dentro de la galaxia de estos escritores a los que se les llamaba «los indeseables». Porque siempre eran como «los unamunos», como llamaban ellos a todos, digamos, los de la generación del 98, enfrente de todos estos muy muy populares, que vendían mucho, ganaban mucho dinero y que eran un poco, decían, un poquito impresentables, que tampoco era para tanto luego. Pero bueno, así eran concebidos.
La Novela de Hoy combinaba, pues, a escritores como Vicente Blasco Ibáñez, Joaquín Belda, Álvaro Retana, El Caballero Audaz, Alberto Insúa, Antonio de Hoyos y Vinent, Wenceslao Fernández Flores, Rafael López de Haro, Pedro Mata, Artemio Precioso, Emilio Carrere —o Carrère, que como su madre era medio francesa y a él le iba mucho el toque franchute —, Juan Ferragut, Vidal y Planas, hasta el mismísimo Valle-Inclán. También debo decir que publicaron Colombine —Carmen de Burgos—, Concha Espina, Margarita Nelken, Magda Donato y Sara Insúa, un descubrimiento. La que más libros de La Novela de Hoy tiene, de hecho, es Sara Insúa, que es muy poco conocida, la hermana de Alberto Insúa. Y luego ya en el plano de los dibujos, que son una belleza, tenéis a Bartolozzi, Karikato, Penagos, Retana también, Ribas, Pepito Zamora, Sirio, Demetrio, Mihura, Herreros —los que luego van a revolucionar con La Codorniz la cultura española—, Izquierdo, Durán, Vázquez, Calleja y muchos otros. Cada ejemplar es una maravilla.
Imagino que Juarros se debió pelear mucho con Artemio Precioso porque Rafael Cansinos Assens siempre dice de José Bruno, por ejemplo, que siempre quería publicar, y estaba por ahí porque era un poco el correveidile de la imprenta, y al final lo consiguió. Y Juarros no aparece en ningún relato por ningún lado como escritor. Y quizá con Sáinz Rodríguez, ya en los últimos momentos… No sabemos muy bien. Pero a mí personalmente, como coleccionista de La Novela de Hoy, los títulos bajo Sáinz Rodríguez me dan menos confianza —menos El beso imposible, eso sí— que los de Artemio, que era un activista de la cultura radical. Pero, bueno, consigue sacar tres novelas bajo la dirección de Sáinz Rodríguez y además, como tú dices, con un rigor matemático de científico, porque él se jactaba también de que, mientras los demás bohemios iban a beber y a emborracharse y a vivir la noche como Carrere, que se pasaba el día babeando por la ciudad, él se dedicaba a estudiar con rigor. Entonces, sus Novelas de Hoy son rigurosas.
—Doctor Munyón: Es eso. Él no descuida ninguna labor. Él decía: «Dedico a mi carrera tanto tiempo como el que más; a la literatura, los ratos que otros destinan al café, al casino o simplemente a la holganza». Decir eso los médicos es cuestión de gustos. Este hombre, en esos ratos libres, escribía. No podía parar de crear. De hecho, tres meses antes de publicar en La Novela de Hoy por primera vez, en junio del 29, en el discurso de ingreso de la Real Academia de Medicina, habla de esa superioridad, de ese don que él tiene, en el cual dice literalmente: «No ha de olvidarse que los artistas nos envidian estar más cerca que ellos de los tres grandes manantiales de belleza: el amor, la locura y la muerte». Y al final entra casi en esa numerología, en ese compás: el amor, la locura, la muerte. Y Juarros publica tres novelas en La Novela de Hoy, en 1929, 1930, 1931, las tres novelas en julio.
—Gloria G. Durán: En verano, que tenía más tiempo.
—Doctor Munyón: Que estaba ahí. La primera, Infierno, Pepita, Claudia; tres historias de tres mujeres. Primero, las historias de sus familias; las historias de las tres protagonistas; sus amoríos, un montón de hombres pequeñitos alrededor de nuestras tres protagonistas. Un montón de circunstancias, para las cuales Juarros rescata datos de su consulta habitual.
—Gloria G. Durán: Claro, que era lo que te iba a decir, que parte de esta guerra con Carrere suya es que él dice: «Mis protagonistas tienen cédula».
—Doctor Munyón: Y lo dice directamente en la introducción a la novela, a La Novela de Hoy. Y lo hace de una forma muy de Juarros, que es entrevistando a sí mismo.
—Gloria G. Durán: ¡Pa qué más!
—Doctor Munyón: ¿Quién podría entrevistar al doctor Juarros que el mismísimo doctor Juarros? Y, de alguna manera, esas personas a las que trata durante el día las escribe en sus ratos libres, sabiendo que no las va a ofender porque el riesgo de que se sientan reconocidas, lo ve como muy pequeño, porque son personas que están acomplejadas; y retratándolas tal cual son, no es fácil que se reconozcan. Y estas tres chicas con sus tres historias en sus tres novelas…
—Gloria G. Durán: La primera es Consuelo, la de Infierno.
—Doctor Munyón: Consuelo de Infierno, Pepita y Claudia… Un señor tan campanudo no podía no terminar sus tres novelas [de otra forma que no fuera] con tres suicidios…
—Gloria G. Durán: Ejemplarizantes.
—Doctor Munyón: … ejemplarizantes. Juarros nos tiene que transmitir, es decir, nos tiene que sacar de esas rutas hediondas, de ese lodo, con una conmiseración que, leyéndolo posteriormente, por supuesto que vamos a reconocer un valor. Pero como literato, que es a lo que hemos venido…
—Gloria G. Durán: No, no, es insoportable, es soporífero. Yo lo he intentado con fe y me ha costado. Vamos, he sido incapaz. Luego, ya tú me has sacado fragmentos y digo: «Ya, está bien», porque puedes seguir la historia sin adentrarte en el juego literario, porque, claro, es de una pedantería sublime. Yo creo que confundía la buena literatura con una especie de barroquismo intransitable.
—Doctor Munyón: Tenía una misión. Es decir, cada una de las tres novelas… Contra todas las novelas de La Novela de Hoy, Juarros viene con una actuación. De hecho, él defiende que está haciendo un arte que podría generar un género directamente, una literatura para médicos. Cada profesión tendría que tener su propia literatura. Entonces, él, enquistado en La Novela de Hoy, lo que trata es de tres aspectos, especialmente de la circunsexualidad de la época, que él cree conveniente exponer…
—Gloria G. Durán: Exponer al público. ¿Que son? ¿El primero, en Infierno?
—Doctor Munyón: La educación sexual.
—Gloria G. Durán: Como la pobreza en la educación sexual española.
—Doctor Munyón: Sí, cómo la educación sexual de las chicas de la época a manos de desaprensivos…
—Gloria G. Durán: Sí, de las novelas que yo defiendo…
—Doctor Munyón: Efectivamente, además…
—Gloria G. Durán: Y de los espectáculos sicalípticos…
—Doctor Munyón: Libidinosos…
—Gloria G. Durán: Y toda esta «vicie y perversión», que decía Unamuno, ¿no?
—Doctor Munyón: Cómo hay que meterse en mitad de ese vicio y perversión para dar un ejemplo de lo necesario que es la educación sexual con una novela que es tremenda.
—Gloria G. Durán: Si no, se pierde. Porque Consuelo, ¿cómo se suicida que no me acuerdo?
—Doctor Munyón: Consuelo se ahorca.
—Gloria G. Durán: Es verdad, se ahorca.
—Doctor Munyón: Con una cara de santa, recuperando la santidad que se ha perdido en todo el proceso.
—Gloria G. Durán: ¡Señor!
—Doctor Munyón: Sin dar ningún paso atrás. Es decir, Juarros de alguna manera está integrado en La Novela de Hoy, con la misma estructura de La Novela de Hoy, pero él lo que viene es a nueva misión de educación sexual que corrobore a la siguiente. Pero la primera novela de las tres está perfectamente inmersa en el espíritu de La Novela de Hoy: textos libidinosos, dibujos magníficos… Creo que aprovechando ese matiz de psicoanalista, aprovechan…
—Gloria G. Durán: Surrealistas, torsos sin cabeza, cabezas flotando...
—Doctor Munyón: Los dibujos de Solís Ávila son violentísimos. Además, mujeres desnudas, descabezadas….
—Gloria G. Durán: Claro, los dibujos que son de Solís Ávila son una belleza: un torso con los brazos cercenados; no es tipo el torso de Belvedere sin brazos, sino que están como cortados, por el codo uno, como arrancaos, porque sale la carne, así como a trozos; una cabeza volando y un corazón como con unos tornillos desvencijados saliendo. ¡Una cosa muy loca!
—Doctor Munyón: Además, en la neurastenia… Es decir que son dibujos que representan la neurastenia, que es el cuadro principal de Consuelo.
—Gloria G. Durán: De Consuelo, claro, claro. La neurastenia fatal, que nos encanta por otro lado. De hecho, podíamos escuchar la Neurastenia fatal.
—Doctor Munyón: Sí, por favor.
—Gloria G. Durán: Sí, Neurastenia fatal, de Lolita Durán y Carlos Saldaña Alady, ¡está guapísima!
[Canción Neurastenia fatal de Lolita Durán y Carlos Saldaña Alady (1931]:
«—Lolita Durán: Yo soy una galleguita, yo soy una rancherita, yo soy una bebecita, yo soy una mocosita, bien se ve.
—Carlos Saldaña Alady: Aunque seas rancherita, importancia no te quita. Pero pa ser mocosita, eres ya muy crecidita, ¿sabes, che?
—Lolita Durán: Yo sentí el primer desmayo al morirse mi caballo, que era un buen caballo bayo, de esos de “agárrese, usted”.
—Carlos Saldaña Alady: Pues yo tenía una mula tan seca como una angula que murió de una fístula y al morirse la enterré, erre y pe.
—Lolita Durán: Yo estoy muy triste, yo estoy muy seria, yo tengo pena, aquí y en Denia.
—Carlos Saldaña Alady: Tú lo que tienes es neurastenia, fiebre de anemia, papel de Armenia, tu tía Eugenia y, de neurosis, eres la reina; y además tienes rota la peina, y además te gusta el café con media, sol, fa, mi, re.
—Lolita Durán: Cuando yo tomo morfina, sueño en La Pampa argentina. Y me acuerdo de que en el rancho aprendí a tocar el banyo y el trombón.
— Carlos Saldaña Alady: Vosotras creéis que era tango, os da para este fango, y vivís cual si tal cosa por no coser un botón.
— Lolita Durán: Yo estoy muy triste, yo estoy muy seria, yo tengo pena, aquí y en Denia.
—Carlos Saldaña Alady: Tú lo que tienes es neurastenia, fiebre de anemia, papel de Armenia, tu tía Eugenia y, de neurosis, eres la reina; y además tienes rota la peina, y además te gusta el café con media, y se acabó».
—Gloria G. Durán: Bueno, guapa. Pero ahora nos quedarían Pepita y Claudia, que quizá no vamos a desvelar mucho porque les va a tocar llegar como apoyo al púgil Juarros para nuestro combate, que va a arrancar dentro de poco. Pero bueno, ponnos un poco... Cuéntanos, estas dos muchachas, sobre todo, ¿cómo mueren las pobres?
—Doctor Munyón: No podía permitirse Juarros intervenir sin que quisiéramos además aprender algo. En Pepita nos habla del safismo, cómo se produce y cómo se desarrolla en nuestra protagonista.
—Gloria G. Durán: Como perversión fatal.
—Doctor Munyón: Perversión fatal y claramente fatal, que muere, por supuesto, Pepita, en este caso arrollada por un tren.
—Gloria G. Durán: Bueno, se tira al tren. Pero no a un tren cualquiera, se tira el tren donde va su amada —que se acaba de casar— para ya destrozar como su vida y la de su amada.
—Doctor Munyón: Y lo que podría ser ya un cierre de la trilogía de Juarros de La Novela de Hoy, algo mucho más perverso, hablando en el caso de Claudia en 1931, de lo que él llama todavía el complejo de Edipo, que es el complejo de Electra, ese desarrollo de Claudia, de esa familia, cómo va produciéndose… Por supuesto, tiene que acabar con una muerte ejemplar. Y prácticamente coincide con la muerte de la intervención de Juarros en La Novela de Hoy. Es una trilogía…
—Gloria G. Durán: Sí, tremenda.
—Doctor Munyón: Y al final es esa manera de ver a estas mujeres, a Consuelo, a Pepita, a Claudia, de alguna manera reflejos de pacientes a las que él ya trataba, sí es interesante ver —precisamente con lo que hablaba al comenzar en ese discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina— cómo tiene que ser un médico de mujeres. Dice que «es inútil gazmoñería sostener que el efluvio femenino carece de influencia sobre el médico. Sin sectarismo freudiano puede afirmarse que las relaciones entre hombres y mujeres, aun las más castas, tienen aroma sexual. Lo esencial radica en la respuesta. Honesto significa esquivar los escollos de la grosería, el donjuanismo y la rijosidad. El médico de mujeres debe ignorar por igual la galantería y la indiferencia. Será un admirador silencioso, que no aspire a nada, pero que haga conocer con suaves claroscuros su pleitesía desinteresada. Pleitesía de museo, sin propósito de robar el cuadro».
—Gloria G. Durán: Nos encanta: «Pleitesía de museo sin propósito de robar el cuadro».
—Doctor Munyón: Y al final ese secretismo, cómo se mete en La Novela de Hoy, da para para un combate.
—Gloria G. Durán: ¡Un combate! Que no sé si hacer otra parada musical o directamente el combate. Tú, ¿cómo lo ves?
—Doctor Munyón: ¡Al lío!
—Gloria G. Durán: ¡Al lío, vamos allá!
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
—Presentador de boxeo: Bienvenidas, señoras y señores, canillitas y apios, chulazos y loquillas, campananudos y cocottes. Bienvenidos a esta histórica batalla. Bienvenidos al Stadium Ateniense que, con el Sporting Britain Club y el Pelican, completan la trinidad del lujo pugilístico matritense.
Esta noche, ante nuestro querido y desmesurado público, se enfrentarán, palabra por palabra, gancho por gancho, punch por punch, dos rivales sin parangón.
En la esquina diestra y con aire de enclaustrado, el acróbata de la psiquiatría, el contorsionista de la literatura, el gimnasta intelectual; desde lo más profundo de la mente humana con cédula, con estilo de raigambre médica y con 180 libras: el doctor Juarros.
(Aplausos).
En la esquina siniestra, un contrincante de múltiple personalidad: a veces, con sus ropas equívocas y aire de virgen loca; otras, lleno de gamberrismo intelectual. Un contrincante con varias cabezas y con estrategias varias. Eso sí, todas en su multiplicidad representantes de una dinastía de “indeseables”, enfant terribles de las letras patrias; siempre decadentes, algunos modernistas y todos enfermos, enfermos de literatura, gerifaltes de las letras eróticas y de los dúos de bidet. Con una suma total y mutante de 479 libras: los sicalípticos.
(Aplausos).
Asoma Carrere como sicalíptico mayor contra las sesudas palabras del doctor Juarros. Y nos preguntamos: ¿existe un hombre verdaderamente normal?, ¿viene el amor de estímulos esotéricos?, ¿son monótonos los escritores eróticos? Amazonas locas, intelectuales, vencidas, elegantes y afectadísimos, bebedores de lágrimas y lloronas con carnet. La velada pugilística dará comienzo en 4, 3, 2, 1. Llega el primer asalto: sadismo».
[Suena de fondo Mimitos de José Fernández-Pacheco (ca. 1923-1936)]
—Gloria G. Durán: Emilio Carrere, 1927, El bebedor de lágrimas: «Julio Sandoval era un raro en amor. Esto no es un reproche. ¿Existe algún hombre absolutamente normal? Tendría que ser demasiado bestia o demasiado burgués. Su rareza tampoco podía ser considerada como excesiva ni como escandalosa. Le gustaba ver llorar a las mujeres. Esto era todo. Si Sandoval no hubiera sido un hombre célebre, esta exquisita crueldad de su temperamento no hubiera trascendido al público. Muchos esposos vulgares tienen rarezas más inconfesables que se esconden en lo que hemos dado en llamar “el sagrado del hogar doméstico”.
La civilización con su nerviosismo delirante y la mayor facilidad para el placer de la vida contemporánea, destrozan la médula y enferman la imaginación. La copa del placer no tiene fondo. El deseo no se sacia jamás. Pero el instrumento físico es deleznable. La carne es una cabalgadura donde va montada la imaginación, es una amazona loca sobre el ciego corcel. Convengamos en que el instinto está un poco pervertido y en que casi todos estamos bastante enfermos de lujuria.
Julio Sandoval, ensayista y filósofo, malabarista de las ideas y de las sensaciones más opuestas, no podía librarse de la influencia del medio. Madrid es una sirena de la voluptuosidad y una gran jaula de dementes eróticos. Sandoval era un enfermo poco grave. Le gustaba ver llorar a sus queridas. Los ojos divinos de las mujeres se embellecen aún más con el llanto. Una mujer que llora es tan sagrada como cuando tiene un niño en los brazos. Muy bien. Pero Sandoval no comprendía el sentido de excelsitud y de pureza de esta frase grandilocuente. Una mujer llorando le inspiraba un violento, exquisito y morboso deseo de posesión. Era su tara, su manía, su punto vulnerable; lo que era fácil al llanto le encantaba. Él no era malo y le dolía, a su modo, tener que martirizarlas para obligarles a verter las aguas amargas de su corazón. Pero si no había más remedio, entonces se convertía en un monstruo hipócrita y dulce que alfilereaba a las pobres mujercitas con las palabras más pérfidas, más calumniosas, más envenenadas, hasta que estallaban en sollozos. Algunas, aseguraban las menos sensibles, que había llegado a la maceración física con ellas. Los golpes, los latigazos, las leves cortaduras. Pero no se puede dar entero crédito a las palabras de nuestras queridas cuando ya han dejado de serlo.
Como además de ser un raro, era un coleccionista, su especialidad se hizo célebre entre las damas galantes. Fue un prestigio escandaloso que llegó a los periódicos y aún tuvo un eco en los hogares honrados, donde suele haber algunas mujeres curiosas de todos los pecados, prisioneras en los prejuicios de la honestidad y de la costumbre de la virtud. Como todos los conquistadores, dejó su éxito a la leyenda que le hicieron las mujeres, le llamaron el bebedor de lágrimas».
[Suena de fondo Las lloronas de Francisco Alonso (1930)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1931, La sexualidad encadenada: «Sadismo. La actividad del hombre y la pasividad de la mujer trasciende elementos psicológicos cuya introducción en el aliño del deseo sexual constituye el llamado amor. El amor, una adulteración lírica y dañosa de un apetito sencillo y vulgar. El acto es totalmente considerado, tiene escasas variantes, que va a hacer pocos castillos en el aire con tan escasos horizontes. Ninguna prueba mejor que la monotonía de los novelistas obscenos. La ambición activa masculina puede asentarse en las mujeres e hipertrofiarse en el hombre. Un grado más: los que al besar muerden, los celosos que no estándolo lo fingen para justificar gritos y actitudes coercitivas. Luego, lo francamente morboso: herir, pegar, maltratar con palabras soeces e injustas, hasta desenterrar cadáveres y mancillarlos. El amor no obedece a causas ponderables, sí a estímulos esotéricos, al margen de toda interpretación. La admiración de Sade por el sádico Marat invita a un estudio detenido. A través de él se llegaría a demostrar que infinitas veces el placer de hacer daño puede revestir apariencias de proceso sexual. La política y la cirugía son buenos ejemplos».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
—Presentador de boxeo: Segundo asalto: fetichismo. De nuevo, el profesional de la bohemia Carrere promete contraatacar como sicalíptico noctámbulo que sabe de fetichismo lo suyo. Por su parte, el campanudo doctor Juarros no se queda tranquilo. Cuidado, cuidado, cuidado. El aire se tensa. La atmósfera es prosopopéyica y enfática, como delirio heráldico, monstruoso, esotérico. Contra el punch científico, los fighters sin mamporros. ¡Es momento para el fetichismo!
[Suena campana de boxeo que da inicio al segundo asalto]
[Suena de fondo Alma en pena de Anselmo Aleta y Emilio Brameri (ca.1928)]
—Gloria G. Durán: Emilio Carrere. El beso monstruoso, La Novela de Hoy, 8 de octubre de 1926, Madrid: «Era un espectro galvanizado, un cuerpo suntuoso vivificado por eternas lujurias. Acaso el cadáver vagabundo por terribles secretos de hechicería de la vesánica María Luisa, que sentía correr por sus pechos todo el fuego líquido del infierno. Iba como un alucinante vampiro, por las encrucijadas, a nutrirse con la vitalidad de todos los hombres que hallaba al paso. En aquel zaquizamí tenebroso flotaba algo anormal, arcaico, inconcebible, de horror y de lujuria. Aquella mujer contradictoria no era como otra mujer cualquiera: bella en la juventud de su rostro, sabia y cínica ramera en la violencia de sus espasmos, dulce y aristocrática como un lirio heráldico, brutal y desgarradora en sus palabras y en sus deseos. En las garras de qué monstruo bello y misterioso, cínico y voraz me había hecho caer mi sed de lo extraordinario, mi afán de lo novelesco. El fumo azul de los cigarrillos flotando en el ambiente dibujaba rostros borrosos, formas jamás vistas. Crujió un muelle. ¿Era la carcoma que trabajaba o la sensación de presencia de algún ser invisible que me saludaba? Las bujías agonizaban entre un vapor espeso y pastoso. Me parecía que el aire vibraba con giros vertiginosos y fosforescentes de una materia azulada y fluídica».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo ¡Celosa! de Manuel Jovés (ca.1925)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1931, La sexualidad encadenada: Fetichismo. El fetichismo fisiológico exagerado. Este fetichismo parece originarse por la necesidad de obtener recursos para el sostén de la memoria. Hay muchas personas incapaces de recordar por entero al ser amado. Necesitan apelar a evocaciones segmentarias. En la piel, cada poro tiene el valor de una boca sobre la cual no posee jurisdicción la voluntad.
Y las mujeres pelirrojas… Las mujeres rojas desprenden un olor singular, que es clarín bélico para cierta mocedades adoptadas prematuramente. Olor en el que flotan reminiscencias de selvas africanas. La mujer de cabellos rojos huele a fiera. Y es esta evocación de la selva lejana lo que enardece a los espíritus masoquistas y a los vanidosos que sueñan con triunfos de domador. Al final de todo, girones de desencanto. Las mujeres de pelo rojo son dulces y tímidas. Su anomalía capilar llévalas a elaborar un complejo de inferioridad que las hace querer no como fieras, sino con la mansedumbre de esclavas agradecidas.
[Suena campana de boxeo que da fin al segundo asalto]
—Presentador de boxeo: Tercer asalto: anafrodisia. En esta parte se produce un relevo en los sicalípticos. Llega Artemio Precioso porque Emilio Carrere da señas ya de agotamiento. Veremos, veremos, veremos cómo evoluciona esto. La cosa llega a lenguajes inauditos. ¿Hay boxeo científico? ¿Son impotentes los dictadores? Juarros, el acróbata de la psiquiatría, así quiere practicarlo. Pero el Precioso sicalíptico tentacular promete hacer un revés de novia que envejece, de virgen casada. La libido se quiebra, llega la anafrodisia. ¿Quién ganará? ¡Es el tiempo de la anafrodisia!
[Suena campana de boxeo que da inicio al tercer asalto]
[Suena de fondo Angustia de Horacio Pettorossi (ca. 1926-1933)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, Artemio Precioso, Madrid, 25 de mayo de 1923, La virgen casada: «Juan, pretextando quehaceres, muchas tardes salía solo. Tomaba en la Puerta del Sol un ocho y se iba a la Bombilla donde, si encontraba pareja, bailaba a lo agarrao, con frenesí digno de un chulo enamorado. Y en el tranvía no era raro que Juan recibiera alguna bofetada, pues su mayor placer era el contacto con las mujeres que iban de pie. El pobre Juan a pesar de su desgracia, se sentía siempre tentacular, como el personaje de Baroja».
[Suena de fondo Una de tantas de Teodoro Díez Cepeda (ca. 1930)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1931, La sexualidad encadenada: «Anafrodisia. Ruina. En muchos, en muchísimos hombres, la incapacidad sexual es resultado de prácticas autoeróticas. Tan cierto que muchas incapacidades obedecen exclusivamente a la manera en como tuvo lugar la iniciación. El burdel, diana de la sexualidad, constituye un serio motivo de anafrodisia. Las mujeres no comprenden claramente la distinción entre amor, afán sexual y cariño. Las diferencias psicológicas entre hombre y mujer han abierto hondas zanjas. Para Eva, cariño y fervor sexual son una misma cosa. Sin embargo, se puede ser capaz de máximo sacrificio por una mujer y desear a otra, como se puede adorar a la deseada y ser incapaz de comer sus guisos. La función sexual ha de considerarse una de tantas, como digerir o ver».
[Suena campana de boxeo que da fin al tercer asalto]
—Presentador de boxeo: Cuarto asalto: safismo.
¡Menudo trote! ¡Cómo está el cuadrilátero! ¡Cómo están las carnes ya acharoladas! Artemio Precioso vuelve con los sicalípticos. Tiene buena preparación. ¿Las que quieren ser libres son diabólicas? —Pregunto, simplemente.
Golpes de reverencias versallescas, cabellos à la garçonne, ambigüedad, turbulencia gigoletta. Juarros no se achanta ni con la sorpresa de un segundo sicalíptico que salta al ring. ¡Madre mía, no lo esperábamos! ¡Esta es buena! Antonio de Hoyos y Vinent, el ilustre marqués que pasea sus vicios descarados por Madrid, aparece enorme y cadencioso. Él sí que parece un boxeador y… ¡Oh, oh, ya veremos! ¡Con Tula Varona! Eso sí que puede ser un buen golpe, un muy buen golpe. Juarros parece que requiebra, le tiemblan las piernas, pero no, no cae. Promete sacar a su Pepita; de lo médico a lo acrobático literario, el doctor es invencible. ¡Vamos, pues, con el safismo!
[Suena campana de boxeo que da inicio al cuarto asalto]
[Suena de fondo Jugar con fuego de Francisco A. Barbieri (ca. 1924)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1931, La sexualidad encadenada: «Sáficas, más numerosas cada día, la falta de educación sensata, la moda andrógina que los hombres estragados, últimos frutos de la civilización agónica, encuentran aperitivas las chicas que parecen chicos. El error de confundir los términos honestidad e independencia, y tantas otras causas, dieron por resultado un principio de indeterminación que hace sentir a Eva la nostalgia de pretéritas asiduidades, de tiempos donde un beso justificaba una vida. El aumento alarmante del safismo obedece a dos razones primordiales: exceso de mujeres y despreocupación sexual del hombre. Influye en este último fenómeno un error inicial de la mujer, haber dado al olvido la verdad de que se inspira tanto menos amor cuanto más se es un poco de todos. Los bailes en boga, las modas permitiendo conocer encantos antes inabordables hasta la boda, el habla desgarrada y zafia, el afán de imitar a las hetairas, la burla constante para objetivaciones líricas y confidencias románticas, hacen de las jóvenes grato pórtico de flirt, difíciles ermitas del amor».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo Bésame en la boca de José María Rizzutti (ca. 1926)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, Artemio Precioso, Madrid, 31 de agosto de 1923, La que quiso ser libre: «Al entrar me dijo:
—¡Qué hermosa es usted! Usted, señora mía, mi señora, mi reina, no es hermosa, es…
—¿Qué soy? ¡Di! ¿Qué soy?
Dijo con los ojos llameantes, con la boca seca, mientras se cogía las dos manos:
—Pues eres diabólica, infernal, terrible, inmensa. Tú estás más allá de la belleza, más allá de la lujuria y de los sentidos. Eres el tipo de mujer futura, pero a la vez, qué diabólica eres, más que divina.
Después de un silencio en que nuestros sentidos se empapaban de una sensualidad tamizada, quintaesenciada, alquitranada, dijo despacio:
—Antes de saborear esta gran pasión que me ha entrado de pronto, antes de lanzarme a las profundidades de este abismo amoroso, quiero confesarle una cosa que yo nunca, nunca, te lo juro por la vida de mi hija, nunca he querido a una mujer. Al contrario, he sentido siempre, al pensar en esas cosas, invencible repugnancia. ¿Y tú?
—Yo quiero ser sincera. Yo presentía esto. Me gustaban de una manera anormal algunas mujeres, pero nunca llegué ni a besar a ninguna. Tú serás la primera. Mira. Así. Así.
Y nuestras bocas se fundieron, se confundieron aplastando la una contra la otra en una mutua e insaciable absorción».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo Amor que muere de Juan de Dios Filiberto (ca. 1928)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1930, La Novela de Hoy, Pepita: «Tiraba de las medias de Pilar suave, cariñosamente.
—Levántate, ya no me acuerdo de nada. Esto ha sido uno más de tus arrechuchos, de eso que tanto miedo da a tus padres.
—El beso, déjame uno, nada más que uno —suplicaba sin levantarse, como una niña mimada y mimosa.
—No, mujer, es un capricho tonto. Un abrazo, sí. Eso, no.
—También, también —tiró enérgicamente de las medias hasta desprender las ligas de la faja.
Movimientos aturdidos y desordenados dejaron las pantorrillas de Pilar al descubierto. Sobre cada una quedó la huella amoratada de un beso, dado hundiendo los dientes en la carne. Se alzó del suelo para arrumbarse sobre un sillón, mientras Pilar ponía en orden medias y vestido.
Allí hubiera seguido de no acercársela su amiga, compasiva, bondadosa.
—¿Pasó ya?
—No se pasará mientras viva.
—Cuando te cases.
—No me casaré.
—Harás mal.
—Quiero decirte una cosa como final.
—Di lo que gustes.
—Como yo acabo de besarte no te besará nadie.
La noche aquella Pilar no durmió».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo El collar de Afrodita de Jacinto Guerrero (ca. 1925-1933)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, La bohemia londinense, Antonio de Hoyos y Vinent, Madrid, 7 de enero de 1927: «Deseando ser muy Boy y resultando, todo lo más, Tula Varona, era un tipo exótico, desde luego, en los lugares nocturnos madrileños. Ella aspiraba a ser ambigua, turbulenta y cosmopolita, a componer un tipo muy gigolo, una gigolette deliciosa, que usara pijamas, fumara Abdullas au bout de rose en boquillas de concha, y caminara destocada al sol, exponiendo a sus rayos los cabellos, cortados a la garçonne. Pero todo lo más a que llegaba, si hemos de ser veraces, era a una pinta de marimacho, que tiraba de espaldas. Enjuta y angulosa, vestía trajes sastre de paño negro, azul o verde, cuellos almidonados, corbata y bastón. Hablaba con voz bronca de carretero o jayán y fumaba cigarrillos de cincuenta. Ahora, simpática había que confesar que sí lo era mucho, lista, útil y servicial».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo Amor que muere de Juan de Dios Filiberto (ca. 1928)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1930, La Novela de Hoy, Pepita: «Rareza primera de Pepita: Los dos trajes que se encargó para la boda fueron hechura de sastre exagerada. Uno de ellos con cuello, pechera y corbata de hombre, cortándose el pelo a lo muchacho, acentuó su aspecto viriloide. Tanto extrem ó en este sentido los detalles que su madre llegó a reprochárselo: “Vas a parecer el novio”. La cara de Pepita conoció, después de cinco meses de ausencia, el halago de una sonrisa. Pilar, Ramiro, las amistades todas sostuvieron que parecía un chico ¡muy guapo! Pilar la dijo: “A ver si sacas novia”. Pepita la miró con tristeza, con dolor, dolor de desgarro al bajar los ojos como de quemadura.
Rareza dos: El día que Pilar compró los azahares, Pepita adquirió por la tarde cantidad igual. Los cosió a la ropa interior, exactamente como la novia, a hurtadillas de todos. Deteniéndose entre puntada y puntada para respirar fuertemente. Estaba pálida como nunca, no volvió a recobrar su color habitual. Quien recolectó elogios y pleitesía fue Pepita. Elegante, con la elegancia propiamente andrógina tuvo más admiradores que su amiga. Incluso el propio novio la halló más apetitosa que a su prometida».
[Suena campana de boxeo que da fin al cuarto asalto]
—Presentador de boxeo: Quinto asalto: voluptuosidad. Reaparece Carrere. ¡Hombre, la voluptuosidad es lo suyo! ¡Ay, mujeres pecadoras! ¡En abismo! Tras refrescar las gargantas, los púgiles, y escuchar las advertencias cuchicheadas de sus ayudantes, vuelven limpios, aireados, cimbreantes. El salón está más luminoso pese al infierno, pese a las zozobras, la inquietud; el ring, en definitiva, reluce. Es el momento de la voluptuosidad.
[Suena campana de boxeo que da inicio al quinto asalto]
[Suena de fondo Las castigadoras. Schottisch de Francisco Alonso (ca. 1928)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, Madrid, 20 de abril de 1923, El abismo de la voluptuosidad, Emilio Carrere: «Fue un crimen absurdo. ¿Qué podía estorbar a los amantes aquel pobre enfermo, al borde de la fosa, y que, además, todo lo sufría resignadamente? Era el marido, eso bastaba. Pocas veces la psiquiatría pudo estudiar dos tipos tan interesantes. Ella, la bella criminal, apareció ante nuestros ojos como una musa trágica de crueldad y de lujuria, era un espíritu turbulento que se debatía en los círculos negros de la pasión, sus furiosas marejadas sensuales la empujaron hasta las gradas del patíbulo, pero era un alma más clara, más comprensible, dentro de las gradaciones de lo espantoso. Pero él, tan suave, tan pueril, con aquella mirada de cuchillo y aquella frialdad, ningún ímpetu parecía remover el légamo espeso de aquella conciencia. Marta Castellá, la mujer terrible, cínica y viciosa que todos hemos conocido, era hija de un campanero de una brumosa ciudad norteña».
[Suena de fondo Las castigadoras. Fox-trot de Francisco Alonso (ca. 1928)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1929, La Novela de Hoy, Infierno: «Así, en un ambiente hostil, preñado de zozobras, fue subiendo Consuelo los escalones de la adolescencia. Cercano el momento de despedirse de ella, principió a ser codiciada por los hombres. No tenía una belleza opulenta, pero tampoco pecaba de enclenque. El adjetivo más exacto era el de delicada. Negro, el pelo; de cobre, los ojos, cobre mate; la falta de brillo, la quietud, la humildad. Enriquecíalos con la atmósfera romántica del héroe prisionero. Sus miradas resultaban difíciles de sostener a fuerza de candor, infundían respeto. El respeto que causan las celdas monjiles, los cementerios aldeanos y el sonido de un violín en el rincón enverdecido de una vieja ciudad. Embotaba los deseos. La cara constituía un óvalo imperfecto: grande la boca, labio superior demasiado grueso, poseía una extraña, permanente y lenta movilidad de desperezamiento. La dentadura defectuosa, mal implantada; los pechos erguidos, bravos, irreverentes; flexible, anillosa, elástica, voluptuosa, la cintura. Lo único que existía en Consuelo de hembra era el talle voluntarioso, lleno de gracia, cimbreño; la cara dijérase un modelo de loto, el tronco como busto de Fidias, el talle ánfora de promesas. En Consuelo armonizábanse las tres modalidades del afán amoroso: románticos los ojos, dulce la boca, tentador el talle. Bella, helénicamente bella, la pierna. El testimonio público concedía la máxima beligerancia estética a sus senos y a sus piernas».
[Suena campana de boxeo que da fin al quinto asalto]
—Presentador de boxeo: Sexto asalto: sacrificio. No, no, no esperábamos esta sorpresa. Un nuevo sicalíptico: Juan Ferragut y su beso imposible de santa o de loca. Estertores, golpes, empujones, martillazos. Juarros se repite, parece desfallecer, pero no, no, no, qué va, tiene para todo, tiene hasta para Ferragut. No se confíen. Quizá veamos una acometida de cal viva. ¿Quién sabe? ¡Uf! Atentos, atentos a lo que hará Juarros. ¿Qué hará? Este asalto es sinónimo de ¡sacrificio!
[Suena campana de boxeo que da inicio al sexto asalto]
[Suena de fondo Charmant de Pedro Astort Ribas (ca. 1929)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, Madrid, 1930, El beso imposible, Juan Ferragut: «Tu piel, me dijiste, es la piel maldita, la piel del pecado y del deseo, la que besaron otros hombres, la que profanaron con sus miradas los ojos del público. Si en tu piel hubiera un solo lugar que no estuviese envilecido, que nadie jamás hubiera visto, allí te daría yo el beso de mi amor. “Escuche usted lo que había pasado” —prosiguió, según he sabido después. Maribel tenía el capricho extraordinario de mudar de piel. Ya cuando la encontré estaba algo cambiada. Se había cortado casi al rape aquel hermoso pelo rubio que tenía y, firme en su propósito de mudar de piel, en vez de recurrir a un procedimiento lento y científico, llevada de su impaciencia y de su ignorancia, hizo una cosa inaudita. Ya le digo, de santa o de loca. De París había traído yodo y creosota en cantidad enorme. ¡No sé dónde le pudieron vender tanto! Y al día siguiente de nuestro encuentro, Maribel, en la hora en que la servidumbre trajinaba fuera y Claudia atendía los quehaceres en la casa, vertió el yodo en su baño añadiéndole la creosota, combinando una tremenda poción. Luego, desnuda ante el espejo con una esponja se untó, se empapó, se bañó el cuerpo en el ardiente líquido, se lo tiñó todo a chorreones con furia, con frenesí. No concibo cómo tuvo valor para consumar el suplicio. El resultado ya puede usted imaginárselo. Dos horas después, Maribel casi no existía. Una fiebre de cuarenta grados la devoraba entre terribles dolores. Llegué yo. Estuve a punto de enloquecer de asombro y, desde entonces, a luchar. Ni por un momento esperé que pudiese sobrevivir Maribel a aquel tormento. Tenía horribles quemaduras. Deliraba sin cesar, consumida de fiebre. El yodo había hecho su obra horrorosa. Terribles quemaduras le llenaban en enormes llagas el pecho, los brazos, las piernas y el vientre».
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo Claveles de sangre de Genaro Monreal e Ildefonso Alier (ca. 1924)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1931, La Novela de Hoy, Claudia: «Claudia al llegar a su alcoba empezó a quitarse prendas hasta quedar frente al espejo. Sin velos ni lienzos, desnuda, adoptó una actitud estatuaria. Al darse cuenta sonrió. Satisfecha, hallaba linda su figura. Exquisito era (…) de las líneas del vientre, ánfora, crisol. Pausada, sin dejar de sonreír, fue al bargueño a coger un retrato de don Gaspar que apretó contra la blancura sonrosada de su pecho en un ademán de despedida. Tras unos segundos de arrobamiento, luego lo volvió a su sitio. Después la cara de Claudia trajo una amargura infinita. Tanto debió de ser que necesitó apoyarse en la pared. Un sorbo rápido, apagó un estertor. Después, golpes en la puerta, empujones, martillazos, la cerradura salta. El papel pasa de mano en mano. A los gritos han acudido vecinos y sirvientas. Letra firme: Papaíto, también yo sé cumplir con mi deber. Sé feliz».
[Suena campana de boxeo que da fin al sexto asalto]
—Presentador de boxeo: Séptimo y último asalto: violencia. Carrere es necesario, vuelve al ring. Quiere rematar al doctor Juarros, aunque no sabemos si lo logrará. ¿Sacará su más famoso punch? ¿Dará un giro inesperado? Los contrincantes extenuados, sudorosos, febriles, con brazos de Crepúsculo. Entramos en la violencia. Sin protocolos, sin concesiones y con ganas de ponerse subrayados albornoces. Juarros a la diestra, los sicalípticos a la siniestra. ¡Hasta la campana final! Intensísimos señoros, muy muy muy señoros, a cara de perro —eso sí—. ¡Vi-o-lencia!
[Suena campana de boxeo que da inicio al último asalto]
[Suena de fondo Flores negras de Francisco de Caro y Emilio Brameri (ca. 1928)]
—Gloria G. Durán: La Novela de Hoy, Madrid, 1926, La campanera, Emilio Carrere: «Aquella madrugada, cuando Villar de los Escudos dormía y solo los escasos trasnochadores y los que jugaban en el casino velaban, la campana grande de la catedral comenzó a sonar como si el campanero se hubiera vuelto loco. Era un voltear vertiginoso y atronador que despertó a toda la ciudad. Muchos oyeron estridentes gritos humanos mezclados a los estampidos de bronce. Sonaron los silbatos de los serenos y la gente a medio vestir se echó a la calle desasosegada a inquirir qué suceso inaudito turbaba la paz de la vetusta ciudad. La románica catedral estuvo muy pronto rodeada de curiosos que miraban a lo alto y oían el inesperado y frenético campaneo de una inquietud de superstición. Los que subieron a la torre vieron con horror el cuerpo desnudo de la campanera cabeza abajo sobre el abismo de la calle, como una masa tumefacta y sangrienta amarrada al badajo por debajo de las corvas, y al hercúleo campanero en los ojos los terribles resplandores de la vesania. Tiraba, tiraba de la cuerda y hacía voltear frenéticamente la campana asesina».
[Suena campana de boxeo varias veces]
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
[Suena de fondo El mal que me hiciste de Carlos Percuoco y Emilio Brameri (ca. 1927)]
—Doctor Munyón: Juarros, 1930, La Novela de Hoy, Pepita: «Pepita no bajó a la estación, prefería aguardar en el paso a nivel de La Florida para que su adiós fuese el último. Lo dijo con voz firme, menos conmovida de lo que esperaban todos. No aceptó otra compañía que la de su doncella, no la gustó nunca que la veía a llorar. Accedieron padres y amigos. Quería tanto a Pilar. Llegó trepidando el tren. Pepita avanzó serena, dejando pasar las primeras ruedas. Entre el engranaje llevó la locomotora durante varios kilómetros, como un trofeo, trozos de carne ceñidos por una liga blanca de la que pendían flores de azahar, manchadas de rojo y negro, sangre de virgen, grasa de émbolo. El maquinista se enteró al parar en Villalba. Pilar, al día siguiente».
[Sonido de tren en marcha]
[Suena campana de boxeo que da fin al último asalto]
— Presentador de boxeo: Y llegamos al desenlace.
[Sonido ambiente de combate de boxeo]
Querido y desmesurado público, en un combate de boxeo el final puede ser por knock-out, knock-out técnico, decisión por puntos, descalificación, abandono o empate. Así que, público, ¿qué hacemos?, ¿qué hacemos con tanto saber señoro?
(Abucheos)
—Gloria G. Durán: Bueno, tremendo, tremendo. Tremenda batalla.
—Doctor Munyón: Estos señoros…
—Gloria G. Durán: Estos señoros no terminan. Y yo tengo libros de damas, pero los que llevo leídos no son ni tan lúbricos ni tan sórdidos ni tan extremos ni tan complicados ni tan «muerte y lubricidad». Son más serenos y sí plantean problemas de las mujeres a principios de siglo. Estos se inventan ficciones medio literarias.
—Doctor Munyón: Total… Igual podemos ya… O de no poder más… Casi como que nos podamos rendir ya a nivel de…
—Gloria G. Durán: …de que Juarros es igual de impresentable que los míos.
(Risas)
—Doctor Munyón: Sí, incluso que podamos ya… Dejarlos no dejarlos que se vayan todos ahí…
—Gloria G. Durán: Sí, bueno, yo creo que lo mejor es ya irnos todos e invitar a la gente a que lea La Novela de Hoy porque, pese a que al final son unos señoros —porque estamos en España, qué le vamos a hacer—, alguno se fuga, alguno se fuga. Yo.. Carrere es confuso, pero a veces se fuga, y Artemio se fuga bastante. Eduardo Zamacois —que no lo hemos sacado aquí— también. Y Blasco Ibáñez es una delicia. Bueno, La Novela de Hoy, en Todocolección, muy baratitas.
—Doctor Munyón: Yo, a Juarros, creo que lo podemos ya dejar en la medicina, dejarlo en la psiquiatría…
—Gloria G. Durán: …y que nadie lo lea.
—Doctor Munyón: Dejarlo con los señoros y acabar este combate.
—Gloria G. Durán: Exacto. Y listo. Pues nada, una canción de despedida.
—Doctor Munyón: Por favor.
[Canción Soy lo prohibido de Psicosis Gonsales (2024]:
«Soy ese vicio de tu piel que ya no puedes desprender, soy lo prohibido. Soy esa fiebre de tu ser que te domina sin querer, soy lo prohibido. Soy esa noche de placer, la de la entrega sin papel. Soy tu castigo. Porque en tu falsa intimidad, en cada beso que le das, sueñas conmigo.
Soy el pecado que te dio nueva ilusión en el amor, soy lo prohibido. Soy la aventura que llegó para ayudarte a continuar en tu camino. Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás. Soy ese amor que dejarás para salvar tu dignidad. Soy lo prohibido.
Soy el pecado que te dio nueva ilusión en el amor, soy lo prohibido. Soy la aventura que llegó para ayudarte a continuar en tu camino. Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás. Soy ese amor que negarás para salvar tu dignidad. Soy lo prohibido».