Burrow collective. In the Eye of the Storm. 2018

Burrow Collective

In the Eye of the Storm

28 feb 2018
33:40
Arte Sonoro
Ecologías
Historia
Voz

"El ojo gira hacia los cumulonimbos de la pared, altos, cerrados, grises y furiosos, más allá de donde alcanzas a ver. No olvides, dijo la geolingüista, que el ojo es el cebo del imperio. El ojo no deja sino un reguero de lágrimas"

Eye of the Storm  (En el ojo de huracán) entrelaza múltiples historias y voces que relatan las consecuencias del ciclón Winston, un superciclón que azotó Fiyi en 2016. El 20 de febrero se declaró el estado de emergencia en todo el archipiélago. El ciclón de categoría 5 fue el primero de esa magnitud en la región y el más intenso de los ciclones registrados en la historia del hemisferio sur, con vientos que superaron los 300 kilómetros por hora y olas de más de 12 metros de altura. En algunos puntos su ojo llegó a alcanzar los 50 kilómetros. Cientos de miles de personas fueron desplazadas, se cortó la electricidad, el agua y la comunicación, y los pueblos fueron arrasados. Se perdieron decenas de vidas. En su día fue uno de los mayores ciclones que alcanzó tierra de todo el mundo.

Las secuelas de Winston todavía perduran. Los colegios se convirtieron en hospitales de campaña, las casas todavía esperan a ser reconstruidas, y los campos siguen diezmados. Los pueblos y ciudades más afectados aún luchan contra las sequías e inundaciones, las dificultades económicas y el desempleo. Tras esta lucha hay historias de colonización, de personas de las Islas Salomón engañadas por el Imperio Británico para trabajar como sirvientes sin contrato en las plantaciones de azúcar de Fiyi, práctica conocida como "blackbirding". El legado de la colonización nunca terminó. Está presente en forma de ayuda internacional y acuerdos de comercio coercitivos, en la extracción de recursos y la expansión de capital y en la incesante indiferencia hacia el impacto racial del cambio climático provocado por el hombre que afecta a la primera línea de las comunidades del Pacífico. Esta es la historia, y el presente, que evoca el ojo de la tormenta.

Escrita e interpretada por cuatro artistas de la poesía hablada, escritores y científicos, y narrada a través de los relatos de una geolingüista –una «lectora de la tierra»–, In the Eye of the Storm une las experiencias vividas y presenciadas de una catástrofe medioambiental con el desposeimiento colonial traído, y perpetuado, por la continua violencia imperial.

La cápsula contiene locución en lengua inglesa. En el apartado de 'material complementario' está disponible la transcripción completa en inglés para favorecer la escucha y su compresión. Además está disponible también la transcripción completa traducida al castellano.

Participantes

Anja Kanngieser

es geógrafa política, artista radiofónica y becaria de investigación del vicerrectorado del Australian Centre for Cultural Environmental Research. Anja es autora de Experimental Politics and the Making of Worlds (2013). Su trabajo explora las intersecciones de la economía política y la ecología, el sonido y los movimientos sociales. Los proyectos actuales de Anja hacen uso de los testimonios orales, las grabaciones de campo y la sonificación de datos para ampliar las respuestas de la comunidad a la violencia ecológica y el cambio medioambiental en el Pacífico. 

Polly Stanton

es artista audiovisual, investigadora y educadora. Su trabajo investiga el modo en el que la escucha y la visión reflejan y dan forma a las experiencias humanas relacionadas con el clima, el lugar y el medioambiente. Además de sus prácticas artísticas, ha trabajado de manera profesional en posproducción y escritura de guion dentro de la industria del cine. Polly ha participado en numerosas exposiciones y residencias en Australia (como el Australia Council for the Arts International Residency Program en 2016) y en el extranjero. En la actualidad da clases de diseño de sonido y documental experimental en el programa del máster de medios de comunicación de la RMIT University de Melbourne. 

Krystelle Lavaki

es poeta de slam, bióloga marina, repostera y pintora. Su trabajo está impulsado por su amor al océano. Es conservacionista y humanista.

Atueta Rabuka

, diseñadora gráfica, poeta y locutora de radio, es conocida por sus poemas de slam inspirados en Fiyi y en la jerga local. Sus textos más recientes exploran el entorno natural, el legado cultural y su identidad personal como joven fiyiana e isleña del Pacífico.

Amelia Rigsby

es locutora y directora de programas de radio, presentadora de televisión y realiza tareas de comunicación para el Film Fiji y el Fiji Fashion Festival.

Peter Sipeli

es un activista gay y poeta de poesía hablada que está en la primera línea del desarrollo de las formas de arte contemporáneo de Suva, Fiyi. Es "coinstigador" de The Poetry Shop y fundador y editor de la revista Art Talk.

Realización

Concebido y producido por Anja Kanngieser. Diseño de Sonido y producción Polly Stanton.

Locución

Escrito y narrado por Anja Kanngieser, Krystelle Lavaki, Atueta Rabuka, Amelia Rigsby y Peter Sipeli.

Licencia
Creative Commons by-nc-sa 4.0
Recursos
Burrow collective. In the Eye of the Storm. 2018 FLAC
Burrow collective. In the Eye of the Storm. 2018 PDF

Burrow Collective

In the Eye of the Storm

In the Eye of the Storm (En el ojo de huracán)

VOZ 1

La geolingüista. ¿Os acordáis de la geolingüista? La que habló del tsunami. La que habló del silencio.

La geolingüista me habló de la gente que le habló de la tormenta. Una de muchas. Un ciclón que azotó su archipiélago. Cientos de parientes pedregosos nacidos de la misma molienda de placas terrestres, arboles talados…

La geolingüista. ¿La que puede leer la tierra? Me habló de gente, de poetas, de escritores, de científicos que le hablaron de una tormenta. Esa tormenta, el ciclón tropical Winston, una tormenta que destrozó su mundo.

VOZ 2

El 20 de febrero de 2016 el ciclón Winston azotó Fiyi. Se declaró el estado de emergencia en todas las islas. El ciclón de categoría 5 fue el primero de esa magnitud en las Islas Fiyi y el más intenso de los ciclones registrados en la historia del hemisferio sur, con vientos que superaron los 300 kilómetros por hora y olas de más de 12 metros de altura. En algunos puntos su ojo llegó a alcanzar los 50 kilómetros. Cientos de miles de personas fueron desplazadas, se cortó la electricidad, el agua y la comunicación, y los pueblos fueron arrasados. Se perdieron decenas de vidas. En su día fue uno de los mayores ciclones que alcanzó tierra de todo el mundo.

Aunque los meteorólogos afirmaron que tocaría tierra el día 20 alrededor del mediodía, ya había islas muy afectadas desde por la mañana temprano. La mañana del sábado, Taveuni y Suva comenzaron a sentir sus vientos a medida que el ciclón avanzaba por el norte de Viti Levu.

VOZ 1

Antes de que vengan los ciclones, dijo ella, el agua hervía. Hierve a 29 grados y puedes sentir el viento en la garganta. Antes de que vengan los ciclones, los avispones y las abejas construyen sus nidos cerca de la tierra, los pájaros vuelan al interior, y el aire cambia. Pero Winston… Winston fue diferente. Por la mañana los pájaros todavía cantaban. Puede que un poco más lejos. Puede. Todavía podía oírlos. El sol brillaba y el día estaba despejado. La gente iba a pescar. La gente estaba pescando cuando llegó Winston, como si no pasase nada. Los peces cotilleaban y cotilleaban debajo de las olas, pero yo no los oí. A lo mejor me lo estaban diciendo, pero nunca lo sabré porque a mediodía las radios se apagaron.

VOZ 2

Ya eran tiempos difíciles, me contaron, eran tiempos difíciles antes de que viniese. Había sequías y las cosechas morían. Todo estaba demasiado seco o demasiado mojado. No había suficiente trabajo. No había suficiente dinero. No sobraba nada. ¿Dónde estábamos? Los vientos que trajo, dijeron, golpearon aquí y allá, donde ya había heridas.

Los vientos arrancaron los tejados de tiendas y casas, fábricas y escuelas. Los destrozaron todos. Los convirtieron en algo que no conocíamos. No fueron lo único, ventanas y paredes, camas y mesas, campos de azúcar y árboles arrancados de la tierra, animales tirados por todas partes, todo dañado, destruido, inundado o desaparecido. Las imágenes que nos mostraron aquí, tanto dolor, canciones de cosas perdidas y personas encontradas.

Detrás de este dolor hay otras historias, historias contadas en silencio o detrás de puertas cerradas. Aquellas historias, poseídas por sus palabras, más que ecos, se sentían en lo más profundo de las entrañas y nos reptaban por la piel cuando preguntamos por qué pasó esto. Historias sobre el imperio que vino, que nunca se acabó, y de la vida que nos arrebató. Se llevó todo, nuestros mares y tierras. Historias de gente en barcos, de India, de muy lejos, escondidos debajo. Se les prometió oro, pero se les dio hojalata. Aquellos a los que se llevaron para ser «blackbirds» en plantaciones de azúcar, arrebatados de sus tierras por los hombres blancos para que cortasen la caña. Aquellos hombres que volvieron a robar y a robar y a robar de nuevo. Historias de vidas que se convirtieron en miradas, que se convirtieron en silencio. Un escupitajo y una mirada.

VOZ 3

Hola. Soy fiyiano. Soy un narrador. Soy un narrador fiyiano, pero hoy runrunearé una colección de historias que nunca aprenderé a volver a contar.

Las historias en mi cultura son como libros. Hay historias sobre nuestros dioses de formas cambiantes que adoptan la forma de criaturas marinas o pájaros para que los niños no teman al mar o a la jungla. Hay historias sobre cómo cierta hoja puede curar cortes y moratones, sobre las que curan la tos, las que tienen veneno. Nuestras historias son nuestra Historia. Los occidentales se las llevaron y las llamaron mitos y leyendas.

Hemos contado nuestras historias sin cesar a través de generaciones, historias de dioses y héroes, de viajes en océanos abiertos en los que se siguieron las estrellas para navegar, de guerras luchadas, de guerras perdidas, de caminos de semidioses, de los orígenes de las tribus, de nuestras relaciones entre tribus. Qué senderos, qué ríos cruzó nuestro clan para estar donde estamos ahora. El significado de los nombres de nuestros pueblos. Cuándo se construyeron las primeras carreteras. Historias de quién tuvo la primera casa de hormigón en el pueblo. Historias de parientes que se marchan a estudiar al extranjero. Y, hasta hoy, se siguen contando las historias de nuestro no tan lejano pasado a oídos entusiastas que se sientan en círculo sobre esterillas bajo el frutipán.

VOZ 1

El ojo que ve la ruina y las historias, las esterillas y los árboles, ¿qué ojo es ese? El ojo de la tormenta, dijo ella, y me refiero al ojo del amo. No el ojo de los dioses, no, no, los de los hombres. Hombres con piel como la nieve que vinieron a llevarse tu mundo. Los ojos que vieron y en su visión se llevaron y se llevaron y se llevan.

Antes de lo que tenía que encontrarse de nuevo, el ojo de la tormenta pareció un momento de alivio. Antes de que se desperdigasen y perdieran los tanques, antes de que las camas y las escuelas desapareciesen. Antes del tejado, del armario, de las hojas de los árboles. Antes, antes, antes. O después.

El ojo que finge la salvación de lo que ha venido y de lo que aún está por venir escondido en la canción de tiempos más fáciles. Cuando vinieron a colonizar, prometieron lo que trajo el ojo, la mentira de la prosperidad y la mentira del descanso. Lo que vino con ellos fue la muerte.

El ojo de una tormenta es el sitio más peligroso en el que estar, dijo la geolingüista. Es el momento en el que todo se queda quieto, en el que deja de hablar. No está en silencio, pero está quieto. Sus aullidos se convierten en gemidos. Un momento que parece un respiro, un respiro entre los vientos que se te agarran a los pulmones, que se te agarran a las extremidades, que se te agarran al pelo. El ojo de la tormenta, ese monstruo tranquilo que calma tu corazón palpitante.

No dejes que te engañe para que te rindas, sus manos amables te estrechan después de la confusión, o antes. Ese ojo desastroso, lleno de nubes, la suavidad del descanso después de la violencia que has soportado. No te dejes llevar por esa suavidad. La suavidad es una violencia aún más mortal. La violencia que te envuelve y te quita el aire.

El ojo gira hacia los cumulonimbos de la pared, altos, tensos, grises y furiosos, más allá de donde alcanzas a ver. No olvides, dijo la geolingüista, que el ojo es el cebo del imperio. El ojo no deja sino un reguero de lágrimas.

VOZ 4

Recuerdo a mi tía hablándome del ciclón Meli de 1976. En nuestro pueblo hay un solar justo al lado de la iglesia católica por el que nadie pasa, en el que nadie juega.

Han pasado más de 40 años, pero los recuerdos de ese día aún perduran. Incluso antes de conocer la historia que había detrás, sabía que era tabú. Era una de esas cosas que sentías, que sabías sin que nadie tuviese que contártelo.

Mi tía dice que durante el ciclón Meli, la gente, mi gente, corrió hacia la única estructura en la que confiaba que les mantuviese a salvo: la iglesia. Y se quedaron ahí durante la tormenta, incluso después de que la iglesia empezase a temblar.

Mi tía dice que había jóvenes y viejos, padres con sus hijos. Todos estaban bajo ese techo gigante cuando cedió y se desmoronó.

Mi tía dice que por suerte murieron en el sitio. Estuvieron tendidos bajo piedra, lluvia y trueno un día o dos antes de poder ser enterrados.

Mi tía dice que no había ataúdes, esterillas ni ropa especial. Los maridos gritaban cuando no les dejaban tocar a sus esposas antes de que fueran arrojadas a ese agujero del tamaño de la iglesia.

Mi tía dice que es probable que sea uno de los días más negros de la historia de nuestro pueblo, pero yo cada vez pienso menos y menos en esa historia, casi como si fuese un recuerdo de la guardería.

Solo en el siglo XXI puede volverse tan trivial el recuerdo de una fosa común.

Mi tía dice. Siempre con el «mi tía dice». ¿Por qué no lo dice nadie más? ¿Por qué no tenemos libros que lo digan? ¿Por qué no lo dice la Historia? ¿Por qué las muertes de más de una docena de personas, mi pueblo, han sido relegadas a historias de saldo?

He visto zapatos que han pasado por más manos que esta historia. Y me asusta. Me asusta pensar en 40 años la gente se habrá olvidado de Winston y de lo que hizo aquí, de cómo redujo pueblos y ciudades enteras a lágrimas, de cómo nos dejó apaleados, magullados y jodidos como un amante borracho y celoso que entra de puntillas en medio de la noche buscando pelea. Me preocupa que a la gente se le olvide que nos dejó como si hubiésemos peleado diez rounds, solo que éramos pesos ligeros y Winston nos vapuleó porque nos sobrepasó kilo a kilo.

Me asusta que a la gente se le olvide que nuestros niños todavía van a colegios que son tiendas, que la gente se olvide del padre de Tom, que murió en un contenedor porque el viento lo revolcó de un lado a otro como si no le importase, que la gente olvide laderas enteras asoladas, que a la gente se le olvide la inundación y cómo tuvieron que empezar de cero, que bien podría ser una sentencia de muerte a 2,35 dólares la hora.

La gente se olvidará del instituto de Nadarivatu y de todo el bloque que ya no está. ¿Cómo puede seguir adelante una escuela con el mismo número de estudiantes y tres aulas menos? ¿Cómo lo hacen? ¿Y durante cuánto tiempo?

Y tengo miedo. Tengo miedo porque creo que lo vamos a olvidar. Aprieto estas historias contra mi pecho, las recojo según caen, las aparto junto al resto. Las reparto y las distribuyo. Veo estas historias zarpar hacia otra mente como si volviesen a casa. Y espero y rezo para que cuando pase esas historias vea que en las mentes de mi público salta algo, que quizá esta historia funcione en esta mente y quizá esta vez se quede ahí.

Pero sigo teniendo miedo. Me da miedo que ellos lo olviden. Me da miedo que vosotros lo olvidéis. Me da miedo que yo lo olvide.

VOZ 1

¿Qué historias busca la geolingüista? ¿Qué historias encuentra? Las historias de otros después de que las olas se elevasen en la orilla, dedos que se deslizan buscando gritos sin alientos, la casa destruida, los tallos de caña de azúcar rotos, caras y vidas enmarañadas por los bucles venenosos de la pena y los suspiros, el beso blanco del hombre de guerra que respira desesperado y fracasa al proveer alimento.

El voyerismo perverso de la colonia no puede tocar la determinación de la tormenta y de la gente que danzó en sus vientos. Esa piel como nieve hierve aquí en sus mares.

La tristeza y la rabia contra el ojo que mira, que ve todo y nada. Tu boca abierta, las palabras que salen disparadas. ¿Lo entiendes? Preguntó. No, no lo entiendo. Tu mar no es mío y no es para mí. Todo lo que puedo hacer es escuchar.

VOZ 5

Me enamoré del océano, no de la postal plastificada de la playa que me hacen tragar a la fuerza, sino del océano de verdad, del océano de mi gente. Porque como para la mayoría de los isleños, el océano es mi vida.

Para mí el mar es la última imagen que mi padre tiene de su casa antes de irse a recibir educación blanca. Para mí el mar son domingos estudiando para ser científica marina y poder ser la voz de mi pueblo, y que nuestros recursos no sean un ideal importado impuesto. Para mí es un pequeño restaurante que era la vida y el imperio de mi madre. Para mí es una fuente de comida que me recuerda a gente que ya no está. Para mí el mar es mi ahijado que sostiene el cristal y mira a los animales que puede que su ahijado nunca vea. Para mí el mar es mi identidad.

Me has preguntado por Winston, pero no querías mi historia real. Querías la triste pérdida de mis abalorios, con la que te puedes identificar. Porque si no pudieses identificarte con mi pérdida en tu mundo blanco de hormigón, no sería una pérdida. Pero esta es mi historia sobre mi pérdida, no la historia que quieres, mi historia.

Lo siento. Esto ha empezado como una disculpa. He empezado a decir que lo siento, pero entonces he pensado en cómo puede ser «lo siento» suficiente. ¿Cómo pueden dos palabras, «lo siento», arreglar esto? ¿Cómo se arreglan vuestras casas destrozadas con «lo siento»? ¿Cómo puede arreglar «lo siento» vuestras alas rotas? ¿Cómo puede arreglar «lo siento» vuestros nidos rotos? Me diste todo. ¿Diste el cien por cien en esta relación y todo lo que puedo decir es «lo siento»? ¿Cómo he podido hacerte esto? ¿Cómo he sido capaz de hacer esto? ¿Qué has hecho para merecer compartir tu hogar con alguien como yo? Lo siento. Ahí están esas dos palabras otra vez. Siento haber contaminado tu agua. Siento haberme llevado y llevado incluso después de que tu me dijeses: «Para, por favor. Para».

VOZ 1

Tanta tristeza y tanta pena. Tantas historias de penas y lágrimas y palabras sin palabras de aquellos que sintieron los vientos en su casa, el mar en su puerta, y viven en el ojo. Las personas, los poetas, los escritores, los científicos, cuyas palabras escuchas aquí, dijo ella. Tú escuchas. Tú escuchas. Tú les escuchas.

Pero que sepas, amigo, dijo ella, que tu escucha no es suficiente. Tu escucha no es redención. Tu presencia no es reconciliación. Tu reconocimiento no es aplauso. Tu preocupación no es preocupación. Lo que ha sido arrebatado ha sido arrebatado. Lo que ya no está no está. Tu piel se quema aquí en la arena. Nada de lo que hay aquí es para ti. No olvides que el ojo, dijo ella, ese ojo deja un reguero de lágrimas. El ojo del imperio se lleva el aire de todo lo que ve.

VOZ 2

Cuando pienso en la agente afectada por Winston, pienso en sus cosas, en las cosas de la gente, en sus fotos, en sus abalorios y sus joyas y en sus amuletos y en sus cosas favoritas. Esas son las cosas que nos hacen humanos. Esas son las cosas que nos conectan con la gente, los lugares, las situaciones. Nuestras cosas son recuerdos físicos que nos componen. Son nosotros.

Pienso en esos sitios nuevos, sitios de refugio. Me pregunto si los echan de menos, si echan de menos mirar sus fotos, si echan de menos coger sus amuletos, si echan de menos el collar de su abuela. Esas son las cosas que pueblan mis pensamientos.

Semanas antes de que viniese, el sudor caía de nuestras estructuras como la lluvia, mojando nuestras caras como las lágrimas. Todos sabíamos que se avecinaba algo. Todos sabíamos que había algo en el aire. El calor húmedo y agitado lo trajo hasta aquí. Y vino esa noche con la furia de los dioses. Sus brazos abarcaron toda nuestra tierra. Giró en círculos y bailó la danza de la muerte. Vino y trajo la furia de mil dioses. Los vientos trajeron un océano de lágrimas que aprendieron a hablar un idioma de desplazamiento. Trajo consigo el aroma de las cosas muertas, de los niños callados con el grito muerto de sus llantos aún atrapado en sus gargantas. Algunos todavía flotan entre las olas o perdidos en un árbol. ¿Recuerdas aquella historia? Aquella. Ese niño al que no encontraron. Y ahora me pregunto, ¿adónde fueron esos vientos? ¿De dónde vino? ¿Sigue ahí fuera? ¿Sigue ah