
Momento vivo-dito de Alberto Greco en Lavapiés, 1963
Museo Reina Sofía
Alberto Greco (Buenos Aires, 1931 - Barcelona, 1965) fue una figura decisiva de la vanguardia experimental. Su trayectoria puede describirse como un derrotero torcido, más próximo al desvío, el traspié y la desorientación que a la estabilidad de un programa estético direccionado. Pintor informalista y animador de tómbolas y «exposiciones rodantes», poeta y actor ocasional, flâneur queer y fundador del arte vivo, Greco convirtió la exposición pública de su propia vida en un espacio de invención estética modulado entre el postureo histriónico, el suceso mediático y el rumor callejero.
La exposición Viva el arte vivo da cuenta, de forma retrospectiva, de la corta —aunque intensa— singladura vital y artística de Greco, cuyas acciones fueron inseparables del propio rumbo migrante que emprendió en 1950: de Buenos Aires a la Puna de Atacama y Humahuaca, de París a Río de Janeiro y São Paulo, de Génova y Roma a Madrid y Piedralaves, de Nueva York a Ibiza y Barcelona. Se recogen, así, obras de entre 1949 y 1965: desde sus primeros escritos y su pintura informalista —en la que empujó las posibilidades de la materia, agitándola con crispaciones y derrames— a sus acciones y objets vivants; sus dibujos madrileños; los collages que llamó «de autopropaganda» y, por último, la novela Besos brujos, escrita poco antes de quitarse la vida.
En el arte vivo, cuya fundación Greco celebró en París en marzo de 1962, la movilidad fugitiva de la vida en su acontecer se vuelve materia para el arte. Bajo las consignas del arte vivo —que más tarde llamaría también vivo-dito— el artista firmó personas, mercados, y baños; declaró Buenos Aires y Piedralaves como obras de arte; y escribió con tiza la proclama «Viva el arte vivo» por las calles y muros de Roma. En su Manifiesto dito dell´arte vivo, con el que empapeló las paredes de Génova, llamaba a entrar en contacto «con los elementos vivos de nuestra realidad: movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares, situaciones». Ya en Madrid, convocó un «momento vivo-dito» que culminó con la quema de un lienzo pintado colectivamente. También ejecutó sus «incorporaciones de personajes a la tela», trazando las siluetas de modelos reales sobre grandes lienzos. Greco había llegado a Madrid en 1963 y, salvo episodios puntuales, permanecería en España hasta su muerte dos años más tarde.
El arte vivo de Greco se extendió también a dibujos y collages, donde coexisten sensibilidades populares, referencias a los medios de masas y modulaciones afectivas vinculadas con lo pueril, lo cursi y lo camp. A menudo son trabajos atravesados por una escritura que registra las intensidades del cuerpo y las vicisitudes de la cotidianeidad y el tránsito del artista por la ciudad. Confluyen, así, el vagabundeo callejero y la verbena, el readymade y la festividad religiosa, el montaje pop y el cuaderno de obscenidades.
Alberto Greco entendió el arte vivo como un arte del futuro. Pero no tanto como programa estético orientado hacia su consumación progresiva, sino como una aventura abierta a lo imprevisto. Como un gesto intempestivo en el que el arte y la vida —con su movilidad, sus posibilidades de transformación, sus interrupciones y desbordes— eran llamados a confundirse completamente.
Artistas
Comisariado
Fernando Davis
Organiza
Museo Reina Sofía