
Celebrada el 16 dic 2011
Guy de Cointet (París, 1934-Los Ángeles, 1983) es uno de los artistas que mejor sintetiza la nueva relación entre teatro y arte contemporáneo a partir de finales de 1960. Su obra parte del hermetismo del lenguaje y de la capacidad del arte para inventar sistemas de representación entre el juego y la lógica. Su trabajo es esencial para entender la recepción de Marcel Duchamp en el contexto norteamericano de los años sesenta y la transformación de aspectos fundacionales del minimalismo, como el giro de la trascendencia al juego o de la literalidad a la alegoría.
La obra de Guy de Cointet sucede en un territorio ambiguo y fronterizo, entre el museo y el espacio escenográfico del teatro, ya que sus instalaciones fueron pensadas como decorados teatrales y artefactos con significado y función narrativa. Guy de Cointet supone un punto de inflexión para el arte conceptual de la Costa Oeste californiana, referente para Allen Ruppersberg o los primeros Mike Kelley y Paul McCarthy. Es además una de las claves para entender el renovado interés de las prácticas performativas basadas en la narración, como es el caso de las artistas Dora García, Catherine Sullivan o Julien Bismuth.
Guy de Cointet es también responsable de la impronta de Raymond Roussel en las neovanguardias norteamericanas. El arte como un teatro dentro de un teatro, un sistema que inventa sus propias reglas, mecanismos e instrucciones de uso.
Las representaciones Espahor ledet ko Uluner (1973) y Five Sisters (1982) se enmarcan en la exposición Locus Solus. Impresiones de Raymond Roussel y constituyen una ocasión única para ver la obra de Guy de Cointet en el contexto en que fue pensada, entre el teatro y el museo.
Por un lado, Espahor ledet ko Uluner es una sucesión de referencias aparentemente cotidianas, con diferentes estados de ánimo, en un lenguaje inventado por el artista. Por otro, Five Sisters es el encuentro de cinco hermanas de gran sensibilidad que muestran en sus diálogos la transición de la contracultura al pop, en un ambiente donde el culto al cuerpo y el mercado de los nuevos modos de vida avanzan el nuevo escenario de los años ochenta.
Coproducido por
Five Sisters ha sido coproducido por If I Can’t Dance (Ámsterdam, Holanda), STUK kunstcentrum (Lovaina, Bélgica) y MUSAC (León, España), y ha contado con la financiación del Guy de Cointet Estate, Étant Donnés, Mondriaan Foundation, European Culture Programme y Amsterdam Fund for the Arts.
Ficha técnica
Espahor ledet ko Uluner (1973)
Guy de Cointet, concepto y texto
Jane Zingale, intérprete
Five Sisters (1982)
Guy de Cointet, concepto y texto
Eric Orr, diseño de luz y sonido
Jane Zingale, director
Marie de Brugerolle, dramaturgia
Violeta Sanchez, Einat Tuchman, Adva Zakai, Veridiana Zurita, intérpretes
Elizabeth Orr, luz y sonido
moniquevanheist, vestuario
If I Can't Dance, diseño por Will Holder, publicación
Frédérique Bergholtz, comisaria
Vivian Ziherl, asistente de comisariado
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Estar en crisis es querer ser otra persona. Sarah desea absorber la vitalidad de su joven anfitriona, y ese proceso de metamorfosis tiene en la piscina su detonante. La piscina es el personaje central de todo el filme, donde Julie exhibe su cuerpo desnudo y sus actos amatorios, perturbando totalmente a Sarah. En la piscina, a través de sus aguas, la escritora bebe de la pasión alocada de Julie. El recinto acuático actúa como catarsis: el lugar donde el inconsciente de la escritora aflora, permitiéndole desbloquear su creatividad y liberar sus fantasías. Al mismo tiempo, el agua distorsiona la imagen, confundiendo la ficción con la realidad; al fin y al cabo, el medio necesario para sacar a flote el arte.
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El cuerpo en el agua como objeto de la ideología, ese es uno de los grandes temas de la década de 1930 y de esta sesión, en la que nazismo y anarquismo se dirimen en sendas piscinas. Dos grandes películas de ideologías contrapuestas que han pasado a la historia como ejemplos del poder del cine para representar una visión del mundo. En Olimpiada, parte 2. El festival de la belleza, Leni Riefenstahl filma los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, organizados durante el Tercer Reich. La cámara sale del estadio de atletismo para mostrar el repertorio de los deportes modernos —esgrima, polo, ciclismo, pentatlón— hasta culminar en la piscina olímpica con Adolf Hitler como anfitrión, donde los cuerpos bellos, disciplinados y clásicos de los nadadores nos recuerdan, como escribiera Susan Sontag, la fascinación visual propia del fascismo. Por su parte, Jean Vigo, hijo del anarquismo español, filma al campeón olímpico francés Jean Taris en un ejercicio lúdico y humorístico donde la piscina se convierte en un campo de juego sin reglas en el que se suceden los elementos vanguardistas del cine de la década de 1930, como ralentizaciones, sobreimpresiones o el montaje dinámico. Dos películas vanguardistas, dos películas en las antípodas, que muestran que, durante un tiempo, la piscina no fue un objeto de placer y deseo, sino un espacio en liza desde el que demostrar el poder de las grandes ideologías del siglo XX.
