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Pinturas de Zuloaga en las colecciones del MNCARS

5 julio - 4 octubre, 2000
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Edificio Sabatini, Planta 2

Ignacio Zuloaga (Éibar, 1870 - Madrid, 1945) es uno de los últimos maestros de la llamada Escuela Española. Su iconografía se considera un retrato fiel de lo que el escritor Miguel de Unamuno denomina “la intrahistoria de España”. Más allá de la voluntad naturalista, Zuloaga busca el carácter de un pueblo. Por este motivo, sus pinturas sobre la España negra suscitan controversia y José Ortega y Gasset declara en 1911 en el periódico El Imparcial: “Zuloaga es tan grande artista porque ha tenido el arte de sensibilizar el trágico tema español”.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía muestra en esta exposición las dieciocho pinturas del pintor vasco que pertenecen a su colección. Las obras viajan fuera del Museo por primera vez y se exhiben posteriormente de forma conjunta en Granada y Sevilla.

La vocación como pintor de Zuloaga se reafirma cuando visita el Museo del Prado. Roma y París son sus lugares de formación, aunque viaja por Europa y realiza distintas estancias en España. En 1893 se traslada a Sevilla, donde inicia un nuevo periodo, que se prolonga hasta comienzos de siglo. Esta etapa se denomina “La España blanca”, en contraste con su obra posterior. Gitanos, floristas, flamencas o toreros protagonizan sus composiciones. El cuadro Antonia la gallega (1912), contiene gran parte de los rasgos de Zuloaga en estos años: colores suaves y contrastados, pintura al aire libre, atención a los detalles y formas desdibujadas.

Don Plácido Zuloaga en su taller (1895), es un retrato de su padre en su trabajo como orfebre. La obra revela un cambio sustancial de estilo, al tiempo que tiene como tema la representación de la figura humana en interiores, una constante en toda su producción. Los primeros años del siglo suponen para el pintor la definición de un lenguaje plástico propio. La temática se centra en las costumbres de la vida española y su entorno, en un intento de plasmar la realidad de un país, como realizan también los escritores de la Generación del 98. De este momento es Celestina (1906), donde combina figura y paisaje y Torerillos de pueblo (1906), una de las grandes composiciones de temática taurina del pintor.

Debido a su profundización en la raíz castellana, genera lienzos de líneas duras y paleta sombría, como Segoviano (1906), símbolo de la España rural. El Cristo de la sangre (1911), una de sus más aclamadas composiciones, sigue esta tendencia propia de su estilo de madurez, que supone para el pintor el reconocimiento internacional.

En sus estancias en París realiza obras alejadas de la sobria España negra. Ejemplo de ello son El violinista Larrapidi (1910) y el Retrato de la señora Malinowska (la rusa) (1912). A partir de 1914, Zuloaga se centra en el paisaje y el retrato, aunque trata también el desnudo femenino. A este momento pertenecen las obras Mi prima Cándida (1914), una de las principales modelos del pintor, el Retrato de la señorita L. S. (1915) y Desnudo (1915).

Zuloaga, gran conocedor de la geografía española, realiza también paisajes urbanos. En Viejas Casas de Segovia (1917) y Casas de Segovia (1917) representa las fachadas de una ciudad que le sirve de inspiración a lo largo de toda su obra. También en esta exposición se encuentra Paisaje de Alhama (1923), prueba de su interés por el paisaje en el sentido más clásico.

Su faceta de retratista se intensifica durante la década de los años veinte. Las obras Alice Lotita Muth Maacha (1920-25), Retrato del pintor Uranga (1931) y Retrato del pintor Balenciaga (1930-34) dejan constancia del dominio que alcanza Zuloaga en este género y cierran la muestra de obras pertenecientes a la Colección del Museo Reina Sofía. Este conjunto, se encuentra por su volumen e importancia entre los legados más sobresalientes de la producción de Ignacio Zuloaga.

Datos de la exposición

Organización: 
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Comisariado: 
Belén Galán
Itinerancia: 

Centro Cultural de Caja de Granada (21 febrero-16 abril 2000)

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