José-Carlos Mainer. Guernica, a la luz del exilio

Celebrada el 14 sep 2017
En el marco del ciclo de conferencias Devenir Guernica. Lecturas sobre guerra, exilio e iconoclastia, organizado con motivo del ochenta aniversario de la obra, el historiador de la literatura José-Carlos Mainer analiza el papel de Guernica en las redes literarias del exilio republicano tras la Guerra Civil.
Edward W. Said escribe en Reflexiones sobre el exilio (2000) que el exilio es “la grieta imposible de cicatrizar interpuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar”. La mayoría de los rasgos determinantes de la cultura moderna están marcados por el extrañamiento físico o lingüístico. Y esta es la paradoja –identidad y/o extrañamiento– que comparten los exilios y que también marca el destino y significado de algunas de las obras producidas durante este proceso de desarraigo.
El exilio español de 1939 no solo supuso la pérdida de un país, sino la negación y destrucción, por parte de los vencedores, de un legado político y cultural. Esta situación se mantuvo a lo largo de varias décadas. Muchos no se adaptaron nunca. Otros siguieron mirando atrás, como muestra la obra de León Felipe, parte de la poesía de Rafael Alberti y Luis Cernuda, o los ensayos de María Zambrano. Hay quienes buscaron la resurrección milagrosa del pasado inocente anterior al destierro, como Ramón J. Sender en Crónica del alba (1942); o las razones de una lucha perdida, como Max Aub en su serie El laberinto mágico (1943-1968). Tampoco faltaron los que vivieron la experiencia como un estímulo: Juan Ramón Jiménez en sus poemas de Lírica de una Atlántida (1936-1954) y Pedro Salinas en El contemplado (1946). Algunos reconstruyeron su vida desde las posibilidades que ofrecía América, como Francisco Ayala, o asociaron el futuro de su país perdido al de otras tierras, como hizo Juan Larrea convirtiendo a César Vallejo en profeta de una esperanza. Y no es casual que el mismo Larrea quisiera convertir el mural de Picasso en el símbolo privilegiado de la guerra heroica y perdida, en su polémico libro de 1947, Guernica. Pablo Picasso, editado por el Museum of Modern Art de Nueva York.
Guernica llegó a América en el Normandie poco después de que lo hicieran los últimos buques de exiliados. La obra había formado parte del último momento de afirmación de la cultura progresista española: el Pabellón Español de la Exposición Universal de París (1937). Y aunque ha prevalecido la interpretación más universalista del cuadro, nunca dejó de ser un icono de la tragedia española, como lo fue su autor en el exilio. Guernica aglutina múltiples lecturas al mismo tiempo y, por ello, no es de extrañar que su regreso a España en 1981 abriera de nuevo la polémica: ¿fin del exilio o exilio sin fin?
Actividad incluida en
El ciclo de conferencias Devenir Guernica. Lecturas sobre guerra, exilio e iconoclastia .
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Organiza
Museo Reina Sofía
Participantes
José-Carlos Mainer. Historiador de la literatura. Es catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza. Ha publicado más de dos centenares de artículos y una treintena de libros, entre los que están La Edad de Plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proceso cultural (1975) y Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española (1944-2000) (2005). Su último libro es Historia mínima de la literatura española (2014).
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En el marco del programa Hacer es saber, Nexo y nudo es un taller que propone pensar en común a través del hacer manual y el tejido colectivo de ideas. Vinculado a la exposición Entes de Aurèlia Muñoz, esta actividad está dirigida a parejas —unidas por cualquier tipo de vínculo familiar o afectivo: amistades, abuelas, vecinos…— para trabajar de manera colaborativa.
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Durante los años del gobierno de la Unidad Popular tres jóvenes cineastas se presentaron en las oficinas de Chile Films para presentar un proyecto de película: Marilú Mallet, Valeria Sarmiento y Angelina Vázquez. Esta sesión proyecta tres películas que recogen la experiencia de exilio de estas tres directoras. En Dos años en Finlandia, Angelina Vázquez retrata las condiciones sociales y laborales de las personas chilenas refugiadas en el país nórdico. La ficción Lentement, dirigida por Marilú Mallet, sigue a una joven exiliada chilena por los espacios de Montreal contaminados de nostalgia y rabia política. En Huellas, Valeria Sarmiento vuelve a Chile para indagar en la memoria de la violencia ejercida por la dictadura militar de Pinochet. La sesión culmina con un coloquio con las tres cineastas, reunidas por vez primera.

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En estas películas, Marilú Mallet viaja a Solentiname, en Nicaragua, y Andahuaylillas, en Perú, con el objetivo de retratar comunidades que resisten a las inclemencias de la industrialización forzada. En Solentiname, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal fundó una utopía cristiana, poética y revolucionaria. En Andahuaylillas, un pueblo cercano a Cuzco, Mallet explora la heterocronía de la cultura andina.

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En la tensión entre el documental y la ficción, entre la crudeza de un presente político trágico y la fuga narrativa, reside la verdad de la condición del exilio. Marilú Mallet ensaya en Journal inachevé [Diario inacabado, 1982] con su propia subjetividad, transitando de la afirmación a la duda. En Double Portrait [Doble retrato, 2000], María Luisa Señoret pinta a su hija Marilú, y esta graba el proceso. En esa relación circular la cineasta construye una poética del retrato como algo nunca acabado, un proceso de exploración en el que la memoria, la identidad y la historia política se funden hasta desdibujarse.

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También propone una forma de descentralización: la resistencia no aparece en las instituciones ni en los discursos oficiales, sino en los cuerpos, los afectos y los gestos compartidos.Esta última sesión se desarrolla a partir de películas que ensayan formas de desviarse del eje institucional y activar otros modos de mirar, jugar, resistir y organizarse colectivamente. A través de máscaras, reglas alteradas, ficciones corporales o prácticas cotidianas de cuidado, las obras trabajan con situaciones donde aceptar lo improbable o lo extraño funciona como una especie de «sí mágico»: un gesto que permite que algo se desplace y se transforme dentro de un contexto hegemónico.
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