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Las mujeres durante la II República

LAS MODERNAS

Los años correspondientes al gobierno de la II República (1931-1936) fueron clave para avanzar en el proceso ya iniciado de emancipación femenina, finalmente truncado por la victoria del bando sublevado en la Guerra Civil. Se asiste al desarrollo de lo que se había denominado “la mujer moderna”, provocando la ruptura con un prototipo femenino marcado por las viejas tradiciones y prejuicios seculares, y dando lugar a un nuevo modelo de mujer, definido por la incorporación al mundo cultural y profesional.

A partir de la Primera Guerra Mundial, se empieza a hablar de “la mujer moderna” que, a pesar de designar a un grupo muy restringido de mujeres, se convirtió en un notable fenómeno social durante los años veinte y treinta del siglo XX. Las modernas, en su mayoría pertenecientes a familias liberales de la burguesía o a la clase alta, consiguieron romper las barreras impuestas a las mujeres, desviándose, no sin pocas dificultades, del camino trazado para ellas –noviazgo, matrimonio, hijos y vida hogareña–, para buscar nuevos horizontes donde poder realizarse como seres autónomos. Así, incluso con una fuerte oposición familiar y social, poco a poco consiguieron el acceso a la educación y a la cultura, fundamental para aquellas que querían llevar a cabo una vocación profesional. Esto permitió que muchas alcanzaran una conciencia política liberal, a la que contribuyó el asociacionismo político. También se consideraban feministas o estaban al tanto de los debates sobre la emancipación femenina. Igual que irrumpieron en las escuelas y las universidades, lo hicieron en los teatros, los cines, los bailes, los cafés, las tertulias y los clubes, insertándose en una cultura tradicionalmente masculina.

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Fotógrafo desconocido, Atlantic Style. Trois en un, ca. 1935
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La modernidad se reflejaba en su aspecto físico y en su modo de vestir, de ahí la importancia de la moda para hacerse eco de las nuevas actividades y facetas de esa mujer moderna, que la libera de las ataduras y los corsés del pasado, en sentido literal y metafórico. Esa moda llegaba sobre todo de Estados Unidos a través del cine y la publicidad, de donde las mujeres adquirieron el hábito de fumar, maquillarse y broncearse, costumbres bastante escandalosas en aquel tiempo. Estos cambios en la imagen de la mujer se difundían principalmente a través de la ilustración gráfica y las revistas, en las que se potenciaba la imagen de una mujer dinámica, enérgica e independiente, que practicaba deportes, viajaba sola, vestía con ropas sueltas, usaba pantalones, llevaba el pelo corto y se incorporaba, poco a poco, al mundo laboral.

Mujeres, revista Crónica: revista de la semana, número extraordinario de primavera, 1934. Madrid: Prensa Gráfica, [1929-1939]. Fondos del Centro de Documentación del MNCARS

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En los años de la II República, los grandes organismos modernizadores y europeizadores, como las Misiones Pedagógicas y los herederos de la Institución Libre de Enseñanza, llevarán a cabo la institucionalización de la cultura popular, en especial todo lo relacionado con la danza y el teatro, ámbitos en los que cada vez será más importante la presencia de las mujeres. Las artistas, relegadas profesionalmente de la práctica de “la gran pintura”, reservada para los hombres por su mayor consideración, se incorporan a los lenguajes de vanguardia a través de otros géneros en los que sí eran aceptadas, como el diseño de escenografías, figurines de teatro y coreografías de danza, lo cual contribuyó a ensanchar los horizontes de la plástica española.

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La educación

En el último tercio del siglo XIX, se producen cambios muy significativos para las mujeres en el sistema educativo en España. Uno de los primeros proyectos fue la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (AEM), creada en 1870 por el pedagogo Fernando de Castro, que fomentó el acceso de las mujeres a la enseñanza académica, favoreciendo su incorporación a la vida profesional y promoviendo la igualdad social.

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Ángeles Santos, Tertulia, 1929
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La Asociación se vinculó a la Institución Libre de Enseñanza (ILE, 1876) desde el momento de su creación, cuyo modelo estaba basado en la renovación pedagógica a través del krausismo —doctrina idealista que defendía la libertad de cátedra frente al dogmatismo—, convirtiéndose en la opción de educación liberal, pública, laica y gratuita frente a la tradición educativa dirigida por la Iglesia. Entre sus iniciativas estuvieron la Junta de Ampliación de Estudios (JAE, 1907), la creación del Instituto Escuela (1918), las Misiones Pedagógicas (1931) o la Universidad Internacional de Verano de Santander (1932). Impulsadas por la llegada de la República en el año 1931, para la cual la educación era un pilar fundamental del compromiso social de la democracia, esas instituciones favorecieron el acceso de las mujeres en todos los niveles educativos.

La Junta de Ampliación de Estudios promovió la creación de la Residencia de Señoritas (1915-1936) que se convirtió en un destacado foco cultural en paralelo a la más conocida versión masculina, la Residencia de Estudiantes. En su creación contó con el apoyo del International Institute for Girls in Spain, fundado por Alice Gordon Gulick en 1892 y establecido en Madrid en 1903 en el Instituto Internacional de la calle Miguel Ángel.

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El objetivo de la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, era impulsar la educación superior de la mujer. Las residentes, un pequeño grupo de mujeres pertenecientes a familias liberales, llegaban a Madrid procedentes de las provincias, para ingresar en las facultades universitarias, en la Escuela Superior de Magisterio, el Conservatorio Nacional de Música, etc. En un primer momento, la mayor parte se matriculaba en estudios considerados femeninos, como Magisterio o Enfermería, pero poco a poco se fueron interesando por carreras profesionales como Química, Farmacia o Derecho. Para completar su formación, o para aquellas que optaban por una formación no oficial, la Residencia contaba con laboratorio, biblioteca, programa de clases magistrales, conferencias, conciertos y lecturas que estimularon una formación integral de un modelo de mujer profesional e independiente que constituyó la vanguardia de la época. Preparadas para el desempeño de una profesión cualificada, contribuyeron al inicio de la transformación del modelo social tradicional asociado a la condición femenina.

En la Residencia surgieron otras iniciativas como la Juventud Universitaria Femenina (1920) y el Lyceum Club Femenino (1926), ambas presididas por María de Maeztu. La primera se integró rápidamente como miembro de la Federación Internacional de Mujeres Universitarias (FIMU), que tenía sede en Londres, mientras el Lyceum fue creado según los modelos internacionales de clubes. Los salones de este último fueron el escenario de grandes polémicas donde esa minoría activa debatía sobre las leyes injustas para la mujer, la emancipación, los derechos civiles y el sufragio femenino. También se convirtió en un importante referente de la actividad artística femenina en el Madrid de la época. En él expusieron artistas como Marisa Roësset, Juana Francisca Rubio, Ángeles Santos o María y Helena Sorolla.

Josefina Carabias, “Las mil estudiantes de la Universidad de Madrid”, Estampa: revista gráfica y literaria de la actualidad española y mundial, n.º 285, 24 de junio de 1933. Madrid: Suc. de Rivadeneyra, 1928-[1938?]. Fondos del Centro de Documentación del MNCARS

Las intelectuales y las artistas

Maruja Mallo, Verbena, 1927

Maruja Mallo, Verbena, 1927
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Pertenecientes a la generación del 27, y muchas de ellas vinculadas de alguna forma a la Residencia de Señoritas, las intelectuales y las artistas de esta época han sido olvidadas por una historiografía androcéntrica de la literatura, el pensamiento y las artes. El objetivo de todas ellas era aportar una nueva visión del mundo desde su propia perspectiva, alejándose de la estética y los contenidos del siglo XIX. Su apuesta por la modernidad conllevaba reclamar una voz personal plenamente emancipada. Contaban con predecesoras que habían iniciado el debate sobre la emancipación de la mujer y su papel en la sociedad como Teresa Claramunt, Carmen de Burgos o Emilia Pardo Bazán. Modernas precoces para su época, influidas por el ambiente regeneracionista y progresista emanado de la ILE.

La obra de escritoras y pensadoras era minusvalorada o ignorada frente a la de sus compañeros varones, que en muchos casos fueron además amigos y parejas. Rosa Chacel, Ernestina de Champourcin, Carmen Conde, Josefina de la Torre, María Teresa León, Concha Méndez o María Zambrano, fueron exponentes de la modernidad y la vanguardia, a pesar de no ocupar el lugar legítimo que les corresponde en el contexto de su generación.

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Como en el caso de las intelectuales, la presencia de las mujeres en la vida artística había estado muy limitada, sufriendo críticas estereotipadas sobre su condición femenina y hablándose de ellas como “señoritas” que pintaban. Los primeros años del siglo XX traen consigo la consolidación de artistas profesionales (algunas habían asistido a la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando), que a su vez se consideran ejemplo de emprendedoras, modernas y libres. Francis Bartolozzi ("Pitti"), Rosario de Velasco, Maruja Mallo, Julia Minguillón, Ángeles Santos o Delhy Tejero, buscaron una nueva iconografía adoptando los lenguajes de la vanguardia e interesándose por los ismos, sinónimo de modernidad en esa época.

Pero para muchas, los géneros artísticos más aceptados seguían siendo los considerados menores, como las artes decorativas o el trabajo de ilustración, con el que contribuyeron a la construcción y difusión de la imagen de la mujer moderna incorporando temas como la práctica de deportes, escenas de ocio, etc. A Rosario de Velasco, Marga Gil Roësset, Maruja Mallo, Pitti o Delhy Tejero se unen otros nombres como Victorina Durán, Viera Sparza, Ángeles Torner Cervera, etc. Para la revista Blanco y Negro y para ABC llegaron a trabajar 105 ilustradoras que tuvieron su momento más señalado con la celebración del I Salón de Dibujantas en el Lyceum Club Femenino, en marzo de 1931. Esta exposición suponía un hito en la exhibición de la producción artística femenina en España en esa época, poniendo de manifiesto cómo las artistas buscaban una salida profesional alternativa a la práctica de la pintura, a la que accedían con más dificultad.

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La apuesta por la modernidad y la rebelión contra el conservador sistema social y artístico tuvo uno de sus momentos más transgresores el día en que Salvador Dalí, Federico García Lorca, Maruja Mallo y Margarita Manso se quitaron el sombrero en plena Puerta del Sol escandalizando a los viandantes, ya que entonces era obligado llevar sombrero entre las mujeres de clase alta y clase media. Maruja Mallo recordaba: “La gente pensaba que éramos totalmente inmorales, como si no lleváramos ropa, y poco faltó para que nos atacaran por la calle”. La acción, inspirada en la premisa de liberar las ideas oprimidas bajo el sombrero, sentó un precedente para ese grupo de intelectuales que trataban de desidentificarse de la burguesía, trasgrediendo los convencionalismos tanto en lo personal como en lo profesional. Hoy en día, bajo la denominación Las Sinsombrero se agrupa a toda esa generación de mujeres artistas e intelectuales que lucharon por hacerse visibles en su propia época.

Revista Noreste, n.º 10, primavera de 1935. Zaragoza: Noreste, 1932-[1936]. Fondos del Centro de Documentación del MNCARS