Modernidad invertida Para que una obra de arte sea considerada como obra de arte, escribía Theodor Adorno, ante todo tiene que ser más que una obra de arte. Esta desestabilización entre la historia y el lenguaje, entre la apertura a otros mundos y la búsqueda de singularidad ha sido erróneamente inscrita en un modelo simplificador que poco tiene que ver con las consecuencias de esta condición. Modernidad invertida es un conjunto de proyectos expositivos y programas públicos entre Mayo y Septiembre 2010 en el que el Museo Reina Sofía plantea cómo devolver el extrañamiento a la modernidad, cuestionando qué pasaría si ésta no se nos presentara ya como una serie de repeticiones de gestos radicales, pronóstico del pasado, sino como un repliegue hacia fuera, una arqueología del futuro, por utilizar las palabras de Fredric Jameson. ¿Qué sucedería si, lejos de entenderse como el proyecto burgués inconcluso de Habermas, la identidad y continuidad de la modernidad estuvieran contenidas en su propia alteridad, en su misma negación, si ésta comenzara en sus límites y pérdida de sí? Modernidad invertida es tanto una “inversión”, en el sentido de posicionamiento ante un programa que contiene múltiples historias, voces enunciadoras y lugares de inicio, como una vuelta del revés, una “inversión” referida al reconocimiento de la modernidad allá donde se desdibujan y dislocan sus paradigmas. Al contrario que otras recientes manifestaciones de lo moderno, no se trata en esta ocasión de un retorno melancólico a las ruinas del pasado, ni de la reinstauración de figuras de autoridad en la narración, sino de un reconocimiento de sus márgenes y movimientos de fuga como arranque de un proyecto renovado que asume sus propias incertidumbres y exclusiones como motor de un conjunto de historias. Una historia que ya no se lee en la escritura privilegiada del museo, sino que se escucha en una habla de distintas resonancias y ecos que no puede ser fija, ni lineal ni circunscrita a un territorio, sino que es relacional, errante, móvil, que implica, como escribe Édouard Glissant, un reconocimiento de nosotros mismos en la búsqueda del otro. El movimiento como relaciónEl mundo se ha concebido como un sistema de trayectorias únicas, cuando en realidad se trata de un conjunto de relaciones. La tarea del Museo no es la de volver a trazar estos itinerarios fuertes, sino la de dispersarlos y diseminarlos en un archipiélago de conexiones y zonas de contacto inasimilables a un único modelo dominante. El arte en la vida públicaEn la década de 1960 se producen una serie de cambios que transforman la trascendencia del objeto artístico para situarlo como una cosa más en el mundo, un acontecimiento o accidente en un contexto de valores inasibles, en el que la misma saturación de imágenes y signos se convierte en mercancía. Bajo el nuevo régimen del espectáculo, el arte recupera una condición actuante, teatral y performativa, en la que el artista abandona el estudio y el final de la pintura y escultura como medios autónomos determinan que se conviertan en un índice de lo real. El margen del centroEn un momento de gentrificación e intensa desindustrialización de la ciudad hacia una economía creativa, el arte se convierte en un intersticio donde comienzan a aparecer los márgenes de una subjetividad basada en la diferencia. Del archivo como dispositivoDurante gran parte de su existencia, el museo se ha concentrado en eliminar la discontinuidad de la historia. Lejos de reconocer la tensión de la obra de arte entre el hermetismo y la apertura a otros lenguajes, ha neutralizado ésta en una contemplación presentada como ritual aurático. |