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Bores esencial. 1926-1971

21 septiembre - 28 noviembre, 1999
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Edificio Sabatini, Planta 3

La exposición Bores esencial. 1926-1971 propone un recorrido por la trayectoria de Francisco Bores (Madrid, 1898 - París, 1972) a través de ochenta pinturas. La premisa de la muestra es analizar cuándo y de qué manera Bores es esencial, por ser independiente de los ismos y los lenguajes de las vanguardias coetáneas.

La cronología responde a la carrera del artista en París, donde se traslada tras participar en la Exposición de Artistas Ibéricos de 1925. Bores se integra en la denominada Escuela de Paris, junto a Hernando Viñes, Benjamín Palencia y Pancho Cossío. El artista sitúa sus bases pictóricas en el reconocimiento de Paul Cézanne, no como precursor del cubismo, sino como maestro en la práctica libre de la pintura. El crítico Tériade respalda su obra desde las páginas de Cahiers d´Art y Bores declara que “procuro conciliar la nueva dimensión aportada por el Cubismo con la perspectiva tradicional”, aspecto que mantiene como una constante en su pintura. De este modo, la figuración y defensa de una pintura verdadera -referida siempre a una verdad visual- son los principios que vertebran su trabajo durante más de cincuenta años.

Eugenio Carmona, comisario de la exposición, fundamenta su lectura de Bores en el concepto de esencial y de la “pintura fruta”, que anuncia el pintor a finales de los años veinte, y reafirma en su cuadro-manifiesto Le saveur des fruits (1930). Carmona lo considera como el fenómeno por el que “la fruición del acto de pintar y la fruición de la experiencia estética en el espectador son semejantes al goce inmediato y penetrante de quien paladea un fruto jugoso”. La esencia de Bores radica en el logro del equilibrio, ya a finales de los años veinte, “entre el decir autónomo de los elementos plásticos y el decir figurativo en relación con lo vivencial, como se advierte en Déjeuner en rouge (1928) o La Rue (1929).

Por otro lado, Carmona señala la rapidez con la que Bores “empieza a ser un boresiano, a definir el terreno propio”, caracterizado por lo que años más tarde la estética denominada la “formatividad, esto es: en el arte, la invención y la realización son simultáneas porque sólo al hacer la obra se descubre su ley”.

A finales de los años veinte, Bores cambia la paleta, hacia colores terrosos que asocia con lo español y tonos claros, donde predomina el blanco, azul ultramar y rojos vivos. En los años treinta, se aleja del surrealismo y de las corrientes que propugnan la abstracción, y acentúa en su pintura los valores narrativos, como en Femme au corset (1933), Intérieur crépusculaire y Matinée ensoileillée (ambas de 1935). En los años cuarenta apuesta por la invariante monocromática, movido por la posibilidad de reducir a la superficie de la tela la profundidad propia del valor cromático, como en L´été (1944) y Enfant en blanc (1946).

La luz y el color son los dos factores que sostienen una pintura que no abandona nunca la figuración ni el lirismo como signos distintivos. En su última etapa, denominada “la manera blanca” -por el método, no por el predomino de un color- propone descarnar la figuración, esquematizar las formas y dotarlas de transparencia, como en Paysage d´automne (1965).

Datos de la exposición

Organización: 
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Comisariado: 
Eugenio Carmona

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