Exposiciones

Pablo Siquier


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Pablo Siquier
0403, 2004

Fecha: 2 de junio - 12 de septiembre de 2005
Lugar: Palacio de Velázquez. Parque del Retiro


Entre los artistas argentinos surgidos en los años ochenta, la obra de Pablo Siquier se revela como una de las más originales y complejas dentro de un proyecto estético articulado y coherente que traduce, con rigor y objetividad, una experiencia profundamente personal, incluso amorosa, de su ciudad natal, Buenos Aires. Su trabajo opera como una negación del gesto expresivo y del efecto sin mediación del hedonismo frívolo en la práctica artística, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de sus compañeros de generación, no sólo en Argentina, sino en casi todo Occidente. Estos últimos habían propuesto el retorno a la pintura como una revisitación de su tradición histórica bajo la forma de expresiones «neo», que se manifestaba en una especie de restauración del placer en el arte, en oposición a la racionalidad y crítica extrema que rigió la producción artística entre los años sesenta y setenta. Siquier se concentra en la exploración programática de estructuras formales y constructivas, de motivos decorativos y representaciones abstractas de la malla urbana que parecen sacados de un catálogo de construcción y arquitectura, así como en la exploración del lenguaje de los signos y emblemas desarrollado por el diseño. De este modo, contradiciendo lo que sugiere la percepción inmediata de sus trabajos como formas modulares y multiplicadas a partir del legado de la tradición argentina del Arte Concreto, la obra de Siquier tiene una proyección mayor sobre la creación de formas que expresan una pérdida de la integridad, la totalidad y la sistematización. Sus pinturas se constituyen a partir de una visión personal y de una sensibilidad neobarroca, para revelar la inestabilidad, la ambigüedad y la difusión semántica que mueven las prácticas artísticas y culturales contemporáneas. Se trata, por lo tanto, de una obra que, con fuertes atributos formales, niega, paradójicamente, el rigor del orden y de la razón que han regido parte del modernismo histórico, para dar visibilidad a un mundo marcado por las diferentes interacciones, la diversidad de referentes, la mutabilidad polidimensional y el extrañamiento.

Su obra describe un trayecto que, hasta el momento actual, comprende cuatro etapas distintas:

1) Desde el inicio en 1985 hasta 1989, sus pinturas utilizaron colores vibrantes que saturaban la superficie del lienzo con formas concéntricas, de origen orgánico, que parecen estar a punto de moverse y que se multiplican o se desarrollan de modo obsesivo como en un inusitado mandala excesivamente decorado. Estos primeros trabajos enuncian algunas de las cuestiones y procedimientos más frecuentes que caracterizan el desarrollo de su obra: la seducción por la materialidad de la representación pictórica y por el hacer artístico, la contraposición entre figurativo y abstracto, el gusto por el detalle, por el fragmento y por el artificio, el juego entre figura y fondo, entre orden y precisión formal.

2) Entre 1989 y 1993, sus pinturas adoptan una paleta más austera y artificial para plasmar formas exclusivamente geométricas inspiradas en motivos arquitectónicos. No existe ahí ninguna referencia a la materialidad del ornamento, apenas un simulacro de este, y su visión frontal, emblemática, congelada en el vacío de la tela, remite a la naturaleza artificial de la pintura y de la representación.

3) A partir de 1993, Siquier abandona drásticamente el color para dar inicio a una serie de pinturas en blanco y negro, y elimina las referencias a los ornamentos arquitectónicos a favor de composiciones más complejas y articuladas. Las pinturas son ahora abstracciones puras y precisas, independientes de cualquier referente. El juego entre luz y sombra es exacerbado hasta transformarse en una superficie puramente gráfica, donde la organización del espacio desarma toda lógica y racionalidad, alejándose de las tradiciones fundadas en la modernidad para proponer un lugar más crítico y con una concepción marcadamente barroca.

4) En los trabajos más recientes, Siquier deja el plano de los lienzos para trabajar directamente sobre las paredes de las galerías y museos con dibujos e instalaciones que operan con la ilusión y la percepción real del espacio. A partir de dibujos generados por ordenador y posteriormente transferidos a gigantescas superficies impresas, paredes dibujadas al carboncillo o cubiertas de poliestireno, estas instalaciones parecen borrar las fronteras que existían entre la pintura y el mundo real. A su vez, las pinturas de los últimos años dan lugar a una acumulación de fragmentos de formas y gestos gráficos, como si se tratase de una narrativa donde se sobreponen tiempos y espacios diversos, descrita en una caligrafía secreta, una especie de jeroglíficos sobre la contemporaneidad. Siquier sigue reafirmando su experiencia de la ciudad, no como evocación o memoria de su espacio físico y de sus edificaciones, sino como el resultado de las diversas prácticas políticas y culturales que se desenvuelven y se inscriben en un perímetro determinado, forjando una imaginería que recrea ante todas las miradas la propia ciudad.