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Sala 207 Colección Telefónica. Cubismo(s) y experiencias de la Modernidad

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Del cubismo constructivo a las «rimas plásticas». 1918-1923

 Desde principios de 1919 —aunque algo antes en algunos autores— el poder de atracción del «retorno al orden», del nuevo clasicismo y de ciertas posiciones figurativas actualizadas, fomentó un cambio de posición en varios creadores cubistas. Esta fue la temprana fuga de Diego Rivera y acabaría siendo la circunstancia de Jean Metzinger o María Blanchard.

Pero, a pesar de estas disidencias, el cubismo continuó. La facetación en planos concurrentes propia del segundo cubismo se convirtió en un elemento común de la escultura cubista y la evolución de la obra de Lipchitz y Laurens fue prueba de ello. Desde otro registro, autores como Gleizes y Valmier propiciaron aún más el encuentro entre cubismo y abstracción, promoviendo la sensación de dinamismo y la estructura compleja de las superficies, e intentando deducir las «leyes» que rigen de manera natural la articulación de elementos formales y cromáticos.

Fue precisamente en este momento cuando la noción de estructura se hizo aún más poderosa en la obra de Gris, entendiendo el pintor la elaboración del cuadro como «arquitectura sensible» de formas acompasadas. En 1920, en la obra de Gris, estas formas interrelacionadas en su fisonomía solucionaban un difícil problema cubista: respetar la superficie plana del cuadro y mantener, al mismo tiempo, sin deformarlos, la identidad visual de los objetos aludidos.

El gran cambio —cambio «revolucionario» en el cubismo— se produjo cuando Gris sustituyó el dibujo ortogonal por el curvilíneo. Creó entonces ideogramas en los que el contorno enlazaba objetos sobre el lienzo en una sucesión de arabescos sugerentes y musicales. La crítica del momento llamó a este recurso «rimas plásticas». Y Gris las utilizó en bodegones ante ventanas que evocaban la relación entre arte y naturaleza, y que aludían sugerentemente a la sinestesia de los cinco sentidos. En algunas de estas composiciones Gris sobrepasó la lógica de la representación y, significativamente, anticipó soluciones surrealistas que pueden encontrarse en René Magritte y en Salvador Dalí. Mientras que, por otro lado, es significativo que, coincidiendo con el desarrollo de las «rimas plásticas» de Gris, Vicente Huidobro elaborara y presenta sus «poemas pintados» como manifestación original, brillante y final de la correspondencia de las artes en los escenarios creativos cubistas.

Diseminaciones y derivas de la experiencia cubista. 1919-1931

Juan Gris presentó sus «rimas plásticas» en la galería Simon en 1923. En esta fecha el dadaísmo daba sus últimas manifestaciones y se preparaba la aparición del surrealismo. El arte abstracto pleno o anicónico ya había establecido su primer recorrido en paralelo al segundo cubismo, y la propia experiencia cubista parecía destinada a consumir su propia capacidad de supervivencia. Aun así, el cubismo tuvo dos modos de continuarse. Uno de ellos fue la capacidad de convertirse en koiné de lo moderno para una nueva generación de artistas. Y otro fue su disolución en el art dèco.

Con todo, desde su propio origen, el cubismo tuvo la propiedad de diseminarse, situándose como un recurso desde el que proyectar soluciones plásticas personales. Los ejemplos pueden ser numerosos. En el encuentro entre las colecciones de Telefónica y el Museo Reina Sofía tenemos algunos de ellos que incidieron especialmente en la configuración de la modernidad española, siendo ejemplos que están secundados por presencias internacionales.

En su mejor momento madrileño, entre 1919 y 1921, Rafael Barradas rehabilitó la fórmula cubista, pero, al contrario que los cubistas parisinos, la acercó al pictorialismo y a la gestualidad. El joven Salvador Dalí se obsesionó con Juan Gris y lo introdujo en la Residencia de Estudiantes y en el contexto de la Generación del 27. Luego elaboró su primer surrealismo, hacia 1926, «apropiándose» del lenguaje picassiano; aunque, aún así, las guitarras «blandas» que aparecen en sus composiciones «con claro de luna» están leídas en composiciones de Gris realizadas coetáneamente. Algunas de estas piezas de Gris se encuentran en la colección del Museo Reina Sofía, y son obras en las que el pintor muestra la diseminación de su propia obra y una personal deriva hacia planteamientos figurativos herederos del cubismo que ya no tuvo tiempo de desarrollar. Algunas de estas composiciones finales de Gris tienen un acento clasicista casi metafísico que ya se encontraba presente, hacia 1921, en el poscubismo de Metzinger y, años más tarde, sería retomado en la singular síntesis de las pinturas-relieve de Vicente do Rego Monteiro. Por esas mismas fechas, Manuel Ángeles Ortiz, entonces «discípulo» de Picasso, alternaba y prolongaba la dicotomía entre cubismo abstracto y neoclasicismo hibridando ambas fórmulas y acercándolas tenuemente a lo surreal.

Y, en fin, la más lejana transformación —habría que decir transferencia— de la experiencia cubista viajó hacia el universalismo constructivo de Joaquín Torres-García en el cruce de las décadas de 1920 y 1930. Y lo hizo desde el momento en que el artista uruguayo reconoció su «deuda» con Juan Gris. Y, al hacerlo, Juan Gris y el cubismo se situaron en la conciencia estética del mejor arte moderno latinoamericano.