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Tête de taureau (Cabeza de Toro)

  • Joan Miró Barcelona, España, 1893 - Palma de Mallorca, España, 1983
  • Fecha: 
    1970
  • Materia: 
    Bronce
  • Técnica: 
    Fundición a la cera perdida y patinado
  • Dimensiones: 
    100 x 44 x 33 cm / Base: 25 cm
  • Categoría: 
    Escultura
  • Año de ingreso: 
    1987
  • Nº de registro: 
    AS10539

Entre 1928 y 1934 Joan Miró se acerca a las técnicas del collage y de la construcción de objetos como una práctica anti-pictórica de rebelión frente a los conceptos tradicionales del arte. En su último período, a partir de los años sesenta, se propone crear una serie de obras que mantengan su antigua y fascinante atracción por el objeto, pero con una inequívoca voluntad de constituirse en corpus escultórico, que le conduce a la utilización de una técnica milenaria de esta disciplina: la fundición.
La colección de esculturas de Miró del Museo Reina Sofía, compuesta por 43 obras fechadas entre 1967 y 1981, responde a este criterio. Son obras que surgen a partir de los más variados y siempre humildes objetos, y que tras un largo proceso de definición en el que realiza multitud de dibujos y croquis, es finalizado con la fundición y el patinado del bronce en el taller de Parellada de Barcelona.
Con la realización de la escultura Tête de taureau (Cabeza de toro, 1970), Joan Miró aborda una temática que inevitablemente trae a la memoria la escultura que Pablo Picasso realiza en 1942, mediante la superposición de un sillín y un manillar de bicicleta. Tanto en la obra del pintor malagueño, como en esta de Miró, la elección del acabado final en bronce da homogeneidad a la obra. Pero si Picasso trata de camuflar los componentes para dar relevancia al ingenio de su inventiva, Miró mantiene, a pesar de la uniformidad del vaciado en bronce, la cualidad del objeto, sin enmascararlo en la forma, dejando patente el asta de toro. La gran cabeza de toro es, en su conjunto, una escultura rugosa, de considerable tamaño y presencia física, que incide en el mundo más oscuro y arraigado a la cruda naturaleza del Miró final.

Carmen Fernández Aparicio

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