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El Cristo de la sangre

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  • Fecha: 
    1911 (Segovia)
  • Técnica: 
    Óleo sobre lienzo
  • Dimensiones: 
    248 x 302 cm
  • Categoría: 
    Pintura
  • Año de ingreso: 
    1988
  • Observaciones: 
    Año de ingreso: 1988 (procedente de la ordenación de fondos del Museo Español de Arte Contemporáneo, MEAC)
  • Nº de registro: 
    AS00784
  • Expuesto en:
Máximo representante de la Escuela Vasca, así como uno de sus miembros más internacionales, Ignacio Zuloaga alcanzó los niveles más altos de reconocimiento en los primeros años del pasado siglo XX, gracias a sus característicos paisajes, retratos y escenas populares. En estas últimas, sus innovaciones desde el punto de vista compositivo no son ajenas a los logros de las nuevas manifestaciones artísticas de la época, como sucede en El Cristo de la sangre (1911), donde el tema principal comparte protagonismo con los motivos del segundo plano, concebidos a modo de escenario o representación fotográfica. No obstante, desde el punto de vista conceptual, la obra de Zuloaga suele interpretarse en el marco de los debates que contribuyeron a perfilar la Generación del 98, y algunas de sus pinturas se entendieron como verdaderos emblemas de la reflexión en torno a la condición de lo español y a su eventual regeneración. El Cristo de la sangre es quizá el mejor exponente de esa complicidad de Zuloaga con el espíritu noventayochista, aunque paradójicamente este lienzo alcanzó también gran reconocimiento en los cenáculos artísticos más avanzados de su tiempo. Con ocasión de su exhibición en el Salón de la Société Nationale des Beaux-Arts de París de 1912, este lienzo obtuvo una favorable acogida por parte de Guillaume Apollinaire, defensor a ultranza de las nuevas tendencias, quien el 13 de abril de ese mismo año escribía los siguientes comentarios en el emblemático diario L'Intransigeant: «[…] Finalmente el Cristo de la sangre, con sus enflaquecidos personajes a lo Greco, los cirios, el Cristo lívido y san­grante, con su cabellera de mujer, es una imagen bastante precisa de la religión mística y sensual que subyace a las creen­cias de una España en la que se siguen celebrando procesiones de flagelantes y donde la alegría del dolor aún podría transportar las almas como en tiempos de Santa Teresa. Sin embargo, uno no siente en absoluto, en esta tela de tendencias místicas, la inspiración que animaba al candiota, cuyas obras de gran sobriedad unen a las bellezas del helenismo todos los esplendores de la religión cristiana. He­cha esta reserva, se halla uno más a gusto para elogiar las calidades que hay en la obra de Zuloaga».

Paloma Esteban Leal

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