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La acción

11 octubre, 1994 - 4 noviembre, 1994 /
Edificio Sabatini, Planta 1, Auditorio, Sala A y Sala B

Por su propia naturaleza, la acción (su sinónimo performance está adquiriendo, tal vez, un matiz de mayor complejidad) es contraria a cualquier definición: se reinventa constantemente, cuestionando la noción de género en cada una de sus manifestaciones concretas. 

Sin embargo, en la mayoría de los casos el artista (actuante y no actor, pues su actitud niega la impostación teatral) se entrega a un acto real y directo, no simulado ni dramatizado, ni necesariamente ritualizado, que tiene el tiempo y el espacio como soportes principales, sometiéndose en ocasiones a los riesgos de la espontaneidad o de un azar incitado, provocando de este modo la sorpresa en el público y, a menudo, en él mismo. Por otra parte, la acción suele romper las fronteras entre las disciplinas artísticas y sus géneros, pasando sin prejuicios de un ámbito a otro.

Desde una perspectiva histórica, la acción tiene su génesis en los exaltados manifiestos futuristas, en el nihilismo del Cabaret Voltaire del Dadaísmo y en el absurdo de los actos surrealistas; evolucionó a partir de los cursos de John Cage en el mítico Black Mountain College de Nevada y del espiritualismo de las intervenciones (cercanas al action painting y al happening) del colectivo japonés Gutai, cuyo lema era: “no copiar nada, inventarlo todo”. Durante la década de los sesenta, el efectismo y la brutalidad de los escándalos de las acciones corporales duras y ceremoniales del Accionismo Vienés arremetían contra los tabúes del cuerpo tales como los excrementos, el sexo y la sangre. Era asimismo el momento de la lírica de Yves Klein, de las esculturas vivientes de Piero Manzoni y, sobre todo, del neodadaísmo espontaneísta del movimiento Fluxus, que dotó a la acción de entidad y coherencia al aglutinar a una serie de artistas de todo el mundo (como Yoko Ono, Nam June Paik o Joseph Beuys) que combinaron experiencias procedentes de campos artísticos tan diferentes como la pintura, la música, el teatro o la danza.

Finalmente, durante las décadas de los sesenta y setenta, el Arte Conceptual hizo de la acción una ejecución extremista de sus ideas, hasta que esta fue aceptada como medio artístico con el triunfo del “multimedia” y se convirtió en exponente primordial de un anti-arte o contra-arte expresamente no comercial y anestésico, un arte fuera del arte, el de las no-obras al margen de los cánones imperantes, rebasando las fronteras del arte envejecido y renegando de la pieza acabada, artística.

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